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Pleno de los martes

14 junio 2022
La inocencia y la desdicha
Miguel García-Baró López

RESUMEN DE LA PONENCIA

Partiendo de la experiencia que da la coordinación de la Comisión Repara, de la archidiócesis de Madrid, que se enfrenta con el problema global de los abusos sexuales, de autoridad, de poder y de conciencia, la ponencia desarrolla el contraste entre una tesis esencial de la filosofía, a saber: que nadie puede hacer a otro bueno ni malo, sino cada uno a sí mismo -aunque se pueda contribuir de maneras indirectas, claro está, al bien y al mal de los demás- y la realidad de que las víctimas de las peores perversidades no se crean inocentes, sino realmente manipuladas y violadas no ya en su cuerpo, sino en su alma y hasta en su espíritu.

Para ello tiene que ser posible que haya una misteriosa intervención del otro perturbando el centro de la inocencia de su víctima, que cae después en el terrible fenómeno que ha descrito sobre todo Simone Weil, basándose en el libro de Job, como la desdicha.

La ponencia funda primero la tesis clásica sobre cómo el mal por antonomasia no es el dolor, sino la culpa, y analiza luego, sucesivamente, el análisis de la desdicha (malheur) en el texto principal que le dedicó Weil y los rasgos centrales de la doctrina de la acción según Emmanuel Levinas en Totalidad e infinito. Por el camino se aportan testimonios de supervivientes de la Shoá (fundamentalmente, Elie Wiesel) y de actuales víctimas atendidas -y en muchos casos muy recuperadas- por los terapeutas de la Comisión Repara.

Lo escandaloso no es el sufrimiento de los inocentes, sino que ese dolor se llegue a teñir en ocasiones de culpa y así se multiplique y entre en dimensiones teológicas y metafísicas que conciernen al centro de la antropología filosófica. 

07 junio 2022
Las complejas relaciones entre científicos y filósofos durante la Ilustración
Juan Arana Cañedo-Argüelles

RESUMEN DE LA PONENCIA

31 mayo 2022
La espiral del silencio y la presunta moralización de la sociedad
Adela Cortina Orts
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RESUMEN DE LA PONENCIA

A lo largo del tiempo la tiranía ha recurrido al terror para frenar la expresión libre, y, sin embargo, el mecanismo más sutil para silenciar propuestas, entrañado en la naturaleza de nuestro ser social, pasa a través del repudio de la opinión pública.

Ésta es la tesis del libro La espiral del silencio. Opinión pública: nuestra piel social, publicado en 1982 por la politóloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann. En el texto la autora formula una teoría, que ella misma conecta a menudo con el apotegma de Tocqueville: la gente “teme al aislamiento más que al error”. El nombre de esa teoría es “la espiral del silencio”. Aunque la gente vea claramente que algo no es correcto, se mantendrá callada si la opinión pública se manifiesta en contra. La opinión pública es, por tanto, el conjunto de opiniones y conductas que pueden mostrarse en público sin temor al aislamiento, porque conforman un consenso sobre lo que constituye el buen gusto y la opinión moralmente correcta.

¿Domina la vida pública un punto de vista porque es el más verdadero? En absoluto, triunfa porque en todas las sociedades, también las democráticas y tolerantes, funciona la autocensura de aquellas opiniones que no van a ser bien acogidas. Esto es evidentemente una mordaza para la libertad de expresión y un verdadero obstáculo para la democracia.

Porque podríamos decir que de igual modo que las democracias en los último tiempos no mueren por aparatosos golpes de estado y por asonadas, sino por el paulatino deterioro de las instituciones y porque pierden fuerza unas reglas de conducta no escritas que la comunidad aceptaba y respetaba, como aseguran Levitsky y Ziblatt, tampoco desaparecen una gran cantidad de propuestas del mercado de las ideas porque dejen de ser convincentes tras un debate abierto, sino porque las silencian quienes temen al aislamiento más que al error. Y yo añadiría: más que a la mentira, sobre todo en tiempos de presunta “posverdad”.

Sin embargo, sobre todo desde el siglo XVIII surge una tradición de opinión pública confiada en que la humanidad ha iniciado un proceso de ilustración, en virtud del cual va abandonando los andadores infantiles y se atreve paulatinamente a servirse de su razón. “¡Atrévete a servirte de tu propia razón!”- es la divisa de la ilustración (Kant), porque el problema no es de falta de inteligencia, sino de falta de valor para atreverse a apostar por la autonomía.

Y es que casi todas las concepciones de opinión pública están relacionadas con un concepto normativo de opinión pública, que defienden autores como Habermas, Rawls y cuantos proponen una democracia deliberativa, y un concepto descriptivo, que la entiende como control social.

El segundo es crucial para el cambio de opiniones en la sociedad, y se sirve de valores morales y estéticos para acallar a los contrarios. La intervención pasa en una segunda parte a ocuparse de lo que se ha dado en llamar la agresión moralista y de la insistencia de algunos autores en que la democracia exige una desmoralización de la sociedad para poder funcionar a través del pacto y la negociación.

Es una concepción de la moralidad totalmente insostenible y de ahí que la intervención intente aclarar en qué medida se basa sobre una incorrecta comprensión de la naturaleza de la moralidad.

24 mayo 2022
Por una cultura de la vejez (II)
Diego Gracia Guillén

RESUMEN DE LA PONENCIA

Hace tres años presenté una ponencia titulada “Por una cultura de la vejez”. Hay una cultura de la que cabe llamar “primera edad” y otra de la “segunda edad”, pero no parece haberla de la “tercera edad”, una etapa cada vez más importante en la vida humana, aunque solo sea porque el aumento de la esperanza media de vida durante el último siglo ha hecho de ella un tercio de la duración total de la vida, pero sin un objeto claro. Parecen ser más bien años de ocio, sin otra consigna que el dolce far niente. No hay rol específico para el viejo en nuestra sociedad. Por eso resultan tan llamativos los resultados que en estas últimas décadas se han venido publicando sobre lo que se ha dado en llamar la “hipótesis de la abuela” (the grandmother hypothesis), según la cual la temprana menopausia de las abuelas es un fenómeno adaptativo surgido en la evolución humana para hacer posible la ayuda a sus hijos e hijas en el cuidado y crianza de los hijos de éstos, y por tanto de sus nietos. Esta mayor implicación emocional de las abuelas en el cuidado de los nietos es un importante logro evolutivo, al hacer posible que sus genes se transmitan en mayor número a la descendencia. Lejos de resultar personas inútiles, las abuelas desempeñan de este modo un claro e importante papel evolutivo.

Aristóteles dice en la Ética a Nicómaco que hay cosas que valen por sí mismas, y otras que tienen valor por su referencia a otras. Estas se miden en unidades monetarias, en tanto que las otras, no. No todo puede comprarse y venderse. ¿Puede medirse en unidades monetarias la dignidad, o el amor, o la amistad, o tantas cosas más? Estas cosas son las más importantes en el proceso educativo de las nuevas generaciones. Pero no son las que se cuidan más en los programas de formación. Durante la primera etapa de la vida se educa para la segunda, aquella en que tiene que primar la eficiencia, que es el modo de medir los valores instrumentales. Pero no se educa para la tercera, aquella que debería ocuparse de lo que resulta poco y mal atendido en la etapa anterior. ¿Quién puede ocuparse de esto? Sin duda la tercera edad, por más que a ella tampoco se la haya educado para tal tarea. Es necesario ampliar la “hipótesis de la abuela” de que hablan los teóricos de la biología del comportamiento, y proponer una “cultura de los abuelos”, que a la vez que ayude a éstos a definir sus objetivos como grupo etario, sirva para añadir valor a la sociedad de la que forman parte. Porque si no lo hacen ellos, corre el peligro de que se quede sin hacer. Como en parte ya está sucediendo. 

17 mayo 2022
Los pilares y el cimiento de la era digital
Juan-Miguel Villar Mir

RESUMEN DE LA PONENCIA

10 mayo 2022
La Psicología de la vejez
Heliodoro Carpintero Capell

RESUMEN DE LA PONENCIA

La psicología es una ciencia de circunstancias. Se interesa por el hombre, pero precisamente por el hombre que vive, esto es , que se conduce, opera, actúa en una situación determinada, a la que hace frente, y dentro de la cual se esfuerza por controlarla y sobrevivir.
Esa vida de que nuestra ciencia se ocupa viene matizada por múltiples factores. Pero uno sumamente potente y visible es la edad. Nuestras vidas tienen una estructura que va variando con el desarrollo en el tiempo de nuestro organismo y de nuestra experiencia y memoria, esto es, con la edad. Y ésta tiene una significación distinta según sus diferentes niveles, y según la cultura dentro de la cual se va desplegando. La edad es una variable no meramente orgánica, sino realmente sociohistórica: el niño, el adulto o el viejo, están ciertamente determinados por los años vividos, pero también por el marco histórico y social en que se van realizando.
Hace muchos menos años, aunque va ya para un siglo, Marañón habló en un ensayo clásico del “deber de las edades”. Entendía que las distintas edades son diferentes no sólo cuantitativa, sino cualitativamente, y que cada una tiene su función dentro de la vida, y conlleva un cierto proyecto de existencia que se modula y concatena a lo largo del tiempo. Y con ello, a cada edad le vendrán a corresponder unos ciertos derechos, y también, decía el gran doctor, unos ciertos deberes. Precisamente el de la vejez consistía para él en la voluntad de adaptación. Era una lección puramente galénica. Pues para Galeno la tristeza del anciano depende de desear lo que no puede conseguir, y Marañón recetaba como remedio infalible “adaptarse…saber ser viejos … y no jóvenes ni maduros”. (112). Pero toda adaptación ha de ajustarse al contexto o situación que se vaya a asumir, es decir, es un concepto histórico, estrictamente situacional. Toda la psicología --desde Darwin a Piaget y a los actuales psicólogos positivos -- viene afirmando el papel adaptativo de la conducta humana. Cada sociedad posee su repertorio de envejecimientos. De ahí que importe aclarar esas figuras en cada tiempo, y lugar. Están hechas, en gran medida, de actitudes y modelos psicológicos, sociales, económicos y políticos. En estas páginas hoy querría ocuparme solo de lo dicho y sabido por los psicólogos españoles acerca de nuestra vejez.

La actualidad del tema.

La importancia del tema ha corrido paralela con el volumen del grupo poblacional correspondiente. Durante siglos, el colectivo de senectos ha sido una parte muy pequeña de las diferentes sociedades. Pero desde hace unos años vivimos el fenómeno opuesto: el crecimiento imparable de las personas mayores. Un solo dato : en la Unión Europea, en 2001 había un 16 % de la población que era mayor de 65 años; en 2019, en cambio era de un 27 % ; en cerca de 20 años casi se duplica el número de personas mayores, de las que en torno a un tercio son varones y dos tercios mujeres.

El cambio se explica fundamentalmente por los avances médicos e higiénicos, el crecimiento de la economía mundial, y el desarrollo de un mundo técnico que protege la vida humana. En esa compleja cobertura protectora desde luego hay que incluir, entre otras muchas disciplinas, a la psicología.

Recuérdese, en este contexto, la voluntad de protección a las personas mayores que se contiene en la Constitución Española de 1978: En su artículo 50 se dice que “ los poderes públicos garantizarán, mediante pensiones adecuadas y periódicamente actualizadas, la suficiencia económica a los ciudadanos durante la tercera edad. Asimismo, y con independencia de las obligaciones familiares, promoverán su bienestar mediante un sistema de servicios sociales que atenderán sus problemas específicos de salud, Vivienda, cultura y ocio” Es un fiel reflejo de una política que se fué consolidando en textos similares de otros países europeos después de la Segunda Guerra Mundial, así como en declaraciones de organizaciones como la OIT (Organización Internacional del Trabajo (1967) o la Carta Social Europea, de 1961. El mundo civilizado vino así a reconocer y explicitar su voluntad de apoyo al mundo de la Tercera Edad.

El tema de los mayores, en psicología, es pues relativamente reciente, y ha ido modificándose y ampliando su radio de acción, ampliando la visión de los problemas que demandan intervención.

Un peligro reciente.

Los procesos de tecnificación y digitalización de la vida contemporánea, unidos a la profunda alteración que la reciente y gravísima pandemia sufrida globalmente, pero con particular efecto sobre la realidad económica y política de las naciones avanzadas, parece haber tenido entre otras indeseables consecuencias un movimiento de hostilidad y crítica hacia la figura de la persona mayor en varias de las sociedades más desarrolladas. Desde hace algún tiempo, pero con considerable fuerza en las presentes circunstancias de pandemia, ha hecho su aparición el llamado proceso del “edadismo” , término que se acuñó, al parecer al final de los años 1960s, para referirse a los procesos de discriminación negativa de las personas mayores, y la circulación de estereotipos minusvalorativos sobre las mismas.

Cabe recordar aquí, por su actualidad, la reciente reacción organizada en España por algunas asociaciones de jubilados, contra la decisión de muchas entidades bancarias de suprimir oficinas con atención presencial al cliente, y su sustitución por cajeros automáticos, que requieren para su uso de ciertas habilidades no siempre al alcance de muchas personas mayores. El lema del movimiento, “soy viejo, pero no tonto” es expresivo de la reacción que lo origina. Los lideres lo han repetido para dar a entender las razones profundas de su demanda de atención personalizada por los bancos, con el sentido sobreentendido de que ‘si no usan bien las máquinas ello es debido a alguna dificultad física, pero no mental’.

El “edadismo” – o “ageism” de los países anglosajones -- aparece vinculado en alto grado a recientes problemas en la atención médica, surgidos en momentos de congestión hospitalaria generados por la pandemia. Como se puede ver en Wikipedia, a propósito del edadismo, esta actitud se ha dado en “políticas que apoyan el racionamiento de la atención sanitaria en función de la edad” - marginando a las personas mayores cuando concurrían junto con otros adultos en busca de atención clínica. La pandemia, en especial en sus primeros tiempos, también puso de manifiesto la situación deprimida en que se hallaban muchas de las personas mayores, acogidas en las residencias para ancianos, faltas de medios para una atención adecuada. Como comenta la psicóloga S. Pinazo, “las imágenes estereotipadas y negativas que aparecen en los medios de comunicación vinculando enfermedad a vejez, deterioro y carga social, pueden reforzar el edadismo, la actitud de rechazo y el miedo a envejecer” (Pinazo, 2020, vid. Bravo-Segal y Villar, 2020).

El fenómeno, como todos los relativos a estereotipos y tópicos populares en medios de comunicación, tiene una enorme dimensión psicosocial, que no puede ser ignorada por los actuales expertos en psicogerontología. Habría, pues, que tratar de promover, frente al edadismo, que cabría también llamar “gerotropismo negativo”, por rechazo o desvío frente a la edad, un “gerotropismo positivo”, que recuperara las imágenes de las personas mayores desde sus posibles atributos de experiencia, sabiduría, capacidad de consejo, que durante siglos favorecieron su asiento en los senados respetados por las sociedades históricas. Como ha dicho Adela Cortina, haciendo frente al edadismo, o ‘gerontofobia’, como gusta de escribir, estamos a un tiempo ante un tema de justicia social, y también ante una errónea apreciación de esa tercera edad en la cual una parte muy considerable es humanidad productiva, con utilidad social en la vida cotidiana, que apoya en múltiples formas a los más jóvenes.

05 abril 2022
¿Es posible progresar hacia la paz perpetua?
Releyendo a Kant frente a la guerra de Ucrania
Pedro Cerezo Galán

RESUMEN DE LA PONENCIA

Precisamente en función de esta amenaza de una guerra incesante,   “el estado de paz debe ser establecido” (PP,50) hay  que producirlo e instaurarlo en la conciencia ciudadana y en las instituciones sociopolíticas de convivencia. Se invierte así radicalmente la sentencia clásica “si vis pacem, para bellum” en esta otra, propuesta por Dieter y Eva Senghaas: “ si vis pacem, para pacem”, si quieres la paz, comprométete con su realización práctica. La paz es para Kant un ideal de la razón y en cuanto tal es en sí mismo inalcanzable, no ya  solo porque sea una idea pura, sino porque sería tanto como desconocer la raíz viciada de mal en la naturaleza humana. Mientras haya una voluntad perversa en el mundo será posible la guerra. Esta idea  racional actúa a modo de un órgano crítico/ heurístico,  que,  a la vez que permite detectar situaciones históricas de violencia, alumbra salidas prácticas para acercarnos asintóticamente al ideal. De ahí que  su exigencia  se convierta en una tarea moral insoslayable para la humanidad en su conjunto, pero precisa de un proceso práctico para su implantación en el mundo. Por eso su opúsculo se titula, en contra de cómo suele nombrarse,  “Hacia la paz perpetua. No es la afirmación de una tesis metafísica, sino la  propuesta racional de un proceso histórico/jurídico, armado con una legitimación moral.  Kant nos propone un salto cualitativo de la humanidad en el tránsito del estado natural en que viven los Estados, con derecho a la guerra y en permanente amenaza de ella,  al estado social, en que firman entre sí un pacto originario y se obligan a convivir bajo leyes públicas  y una autoridad internacional capaz de hacerlas cumplir. A primera vista esta idea no puede ser más utópica: parecería una república puramente racional de  naciones. Pero importa distinguir  entre la idea racional, que es en sí misma un ideal, arduo y exigente, en sí inalcanzable, y el camino histórico y jurídico de su realización, que no es una absurda quimera, porque son las cosas mismas las que nos fuerzan  a perseguirlo y emprender el proceso para promoverla  y acercarse a ella en la medida  de lo posible (MC, pr. 61).

A su vez, hay que aclarar  que tal pacto  no tiene que sustentarse solo en  buenas intenciones o  motivaciones morales. Kant es un racionalista y a fuer de tal, cree en la potencia de la voluntad racional para crear instituciones a su medida, aun en medio del estado de necesidad, o mejor, precisamente porque hay un estado de necesidad que urge a su superación.  Es cierto que a veces cae en la presunción propia de un alma recta.  Confía, por ejemplo, en el respeto generalizado al derecho. “El homenaje –dice--que los Estados tributan al concepto de derecho (por lo menos de palabra) demuestra que en el hombre habita una mayor –aunque todavía no desarrollada—tendencia al bien moral” (PP,61). Pero, fundamentalmente apela a argumentos racionales sobre tendencias históricas  en curso que obraban ya en su tiempo a favor de esta  alianza de naciones, tales como,  1) la naturaleza pacífica de las repúblicas; 2) la fuerza asociativa del comercio  mundial y 3) la función de la esfera pública política”. En virtud de ellas, puede Kant  formular su proyecto de tratado de paz en tres principios constitutivos.

Accesos directos

Fe de erratas
- Pág. 14, donde dice Sánchez Hidalgo, Alfonso, debe decir Sánchez Hidalgo, Adolfo
- Pág. 911, donde dice Alfonso J. Sánchez Hidalgo, debe decir Adolfo J. Sánchez Hidalgo
- Pág. 654, donde dice Soraeta debe decir Soroeta
- Pág. 1.154, donde dice Sánchez Hidalgo, Alfonso, debe decir Sánchez Hidalgo, Adolfo
- Pág. 1.154, donde dice Soraeta debe decir Soroeta
- Pág. 1.135, donde dice Ex juez del TJUE debe decir Ex juez del Tribunal General de la Unión Europea