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El Rincón del Académico

26 octubre 2020

Tres compraventas de Carlos IV de Borbón en Herencia, Ciudad Real (1791-1802)

Autor: Davydd James Greenwood
16 octubre 2020

El fulgor de la libertad. Bastiat, el librecambio, el progreso y la democracia en España (1846-1850)

Autor: Salvador Almenar Palau
13 octubre 2020

Pandemia e democrazia

Autor: Benigno Pendás García

Publicado en Nuova Antologia, vol. 625 (Luglio-Settembre 2020)

07 julio 2020

Transformación y disrupción digital: Implicaciones para la política económica

Autor: Andrés Pedreño Muñoz
30 junio 2020

Entre intereses y pasiones: Estabilidad y cambio en las actitudes hacia el bienestar público en España

Autor: Rodolfo Gutiérrez Palacios
23 junio 2020

Cómo superar la pandemia. Algunas reflexiones y propuestas

Autor: Ramón Tamames Gómez
21 abril 2020

Pensamiento político en España a partir de 1935. Una aproximación en clave generacional

Autor: Jerónimo Molina Cano
17 marzo 2020

La función consultiva en el Estado de Derecho

Autor: Ignacio Granado Hijelmo
17 octubre 2019

Crisis social y relegitimación de la democracia

Autor: Pedro Cerezo Galán
05 julio 2019

La justicia laboral a debate

Autor: Tomás Sala Franco
12 marzo 2019

El concepto de progreso científico, hoy

Autor: Petroni, Angelo Maria

Discurso de ingreso como académico correspondiente

22 enero 2019

La libre competencia en una economía abierta y dinámica

Autor: Pedro Schwartz Girón
12 diciembre 2018

Democracia versus absolutismo. Contraste teológico-político entre Baruch de Spinoza y Thomas Hobbes

Autor: Pedro Cerezo Galán

Artículo publicado en Anales de la Cátedra Francisco Suárez, vol, 59 (2019), p. 209-242

27 agosto 2018

¿Una oportunidad perdida?

Autor: Juan Díez Nicolás
09 febrero 2018

Presente y futuro de la desigualdad global

Autor: Alfonso Novales Cinca
02 febrero 2018

El testimonio de un jurista: Alejandro Nieto

Autor: Gregorio Robles Morchón
29 noviembre 2016

Juan Santiago Portero: el maestro ignoto de Posada

Autor: Leopoldo Tolivar Alas
30 junio 2016

La compra de un molino de viento en Herencia (Ciudad Real) por el Rey Carlos IV

Autor: Davydd James Greenwood
Davydd J. Greenwood
Goldwin Smith Professor of Anthropology Emeritus, Cornell University y Acade?mico
correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Pol??ticas
y
Pilar Fernández-Cañadas González-Ortega
Professor Emerita, Foreign Languages and Literatures, Wells College
 
Un análisis del documento de compraventa de un molino de viento que hizo el Rey Carlos IV de Borbón a un molinero de Herencia (Ciudad Real) en 1802.  El documento revela las estrategias económicas de la corona en la transición del Antiguo Régimen al Nuevo Régimen.

 

 

06 junio 2016

El Quijote y la filosofía

Autor: Pedro Cerezo Galán

Texto de la conferencia leída en el Instituto de España el 1 de junio de 2016 en el marco de las "Jornadas Cervantinas. Conmemoración del IV Centenario de la muerte de Cervantes".

15 enero 2016

Carta abierta al Presidente del Gobierno

Autor: Ramón Tamames Gómez

Cataluña y el artículo 155 de la Constitución

07 octubre 2015

¿Crisis económica en China? Problemas, activos y futuro: En busca de un nuevo modelo de desarrollo

Autor: Ramón Tamames Gómez
07 octubre 2015

¿Crisis económica en China? Problemas, activos y futuro: En busca de un nuevo modelo de desarrollo

Autor: Ramón Tamames Gómez
06 mayo 2015

La Comunidad del Pacifico: Retos y Respuestas

Autor: Ramón Tamames Gómez
21 abril 2015

La transición española como expresión de cambio político pacífico de la dictadura a la democracia

Autor: Ramón Tamames Gómez
11 julio 2014

Hermenéutica jurídica, comprensión del derecho, traducción

Autor: Giussepe Zaccaria

Giussepe Zaccaria, académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. 

28 abril 2014

De una proposición contradictoria se sigue todo

Autor: Pedro Schwartz Girón
15 enero 2014

El estudio de la inteligencia humana y los programas para su mejora

Autor: Agustín Dosil Maceira
21 noviembre 2013

El Respeto a la Norma en el Desarrollo Cívico y Moral de la Ciudadanía: Retos Educativos.

Autor: Petra María Pérez Alonso-Geta
19 junio 2013

El strip-tease del Emperador

Autor: Ricardo Sanmartín Arce

No es que esté desnudo, es que cada vez lo está más. El viejo cuento del traje nuevo del emperador, tan versionado desde el Infante D. Juan Manuel a Cervantes o Andersen, con el que se caricaturiza en muchas tradiciones el  contraste entre la verdad de los inocentes y la interesada mentira de quienes temen al poder por esperar sus beneficios, puede servir de imagen interpretativa para diagnosticar una buena parte de nuestro tiempo. No solo los aduladores se apresuran con sus saludos, antes de que venza cada legislatura, como hacían antaño los pordioseros a la puerta de la iglesia; también los asesores, secretarios, intermediarios de élite, ejecutivos globales y expertos escrutan su perfil ante las cámaras o en la letra negra de las noticias tras estrechar la mano del poder, cuidan que sus consejos no contraríen a quien les puede retirar el encargo, vigilan la talla de su propio tamaño, el gesto de su imagen en el espejo de Narciso que llevan puesto y, con un mohín competitivo, concluyen satisfechos con el balance: “todavía hay clases y estamos donde nos corresponde”.

Están cerca del poder pero a distancia del problema en el que se supone son expertos para, de ese modo, no perder la frialdad requerida ante el olor acre y dulzón de la pobreza, ante la brutalidad del desahucio, la indignidad de la estafa o el desamparo de la irregularidad y la enfermedad. Esos personajes encarnan aquella figura que Ortega calificaba de “prototipo del hombre-masa”[1], “hermético y satisfecho dentro de su limitación”[2], marcado por “esa condición de 'no escuchar' […] que […] llega al colmo precisamente en estos hombres parcialmente cualificados. Ellos simbolizan […] el imperio actual de las masas, y su barbarie es la causa más inmediata de la desmoralización europea”[3]. Pero se trata de una forma peculiar de no escuchar. Ortega ya reconoció, mucho antes de la existencia de Internet, la cualidad de “gigantesco hecho” que tenían “los nuevos medios de comunicación […que] han aproximado los pueblos y unificado la vida en el planeta”[4]. Sin duda, así logramos más información, pero –como ya se daba cuenta Ortega– “esa información tan copiosa se compone de datos externos, sin fina perspectiva, entre los cuales se escapa lo más auténticamente real de la realidad”[5]. Nunca ha sido fácil regir o gobernar, pero tampoco es inteligente intentarlo sin escuchar ni buscar la razón en el seno de la crítica, o empecinándose en mantener la imagen frente al espejo del propio círculo.

Como en el cuento, sigue siendo sorprendente que el miedo y la falsedad resulten tan eficaces y todos, salvo los inocentes, convengan en dar por válida la  mentira que conocen, con tal que la sutil tela de una educada apariencia cubra la desnudez de la verdad. De la cuna al cargo, se va tejiendo el traje con los fieles hilos de la amistad y los legales de las normas, de gran solidez a pesar de su invisible transparencia. Sin duda, no hay juego sin reglas. Pero no todos tienen las mismas cartas, ni estas se han repartido al azar y desde una posición de igual oportunidad. “¡No hay derecho!”, gritan, cuando no hay justicia, aunque haya reglas y normas. “No somos omnipotentes”, responden, “no podemos cambiar toda la historia, ni el reparto de las cruces. Que cada palo aguante su vela”...

Pero las normas y las reglas se hacen, unos las hacen más que otros, y esos más que las fabrican tendrán que escuchar la desesperación de los innovadores para no quedarse con todas las cartas pero sin jugadores. Los solitarios son muy aburridos, y el espejo de Narciso solo devuelve la propia imagen. Ese cierre con la imagen acostumbrada del propio grupo crea la fractura y la sordera que Ortega veía en el especialista hombre-masa, fractura que se suma a la que separa al inocente y a los sastres de todo emperador. El estilizado mundo de la profesionalidad y eficacia –premiada con bonus e incentivos– anclado en un éxito incólume ante el fracaso que provoca al otro lado de la cuenta de resultados, salvaguarda esa fe que no se reconoce como tal frente a los hechos de la crisis que se empeña en durar. Al mirarse unos actores en el espejo de los otros con quienes compiten, la imagen normativa del buen profesional, del líder político o del intelectual, refuerza dicha fe y les confirma la bondad del mundo que cierra su conducta como una realidad sancionada e incuestionable, ciega ante otros mundos. Lo podemos observar en las conversaciones y preguntas usuales, en un sinfín de pautas, términos, usos, claves comunes y estilo cognitivo, que legitiman inferencias automatizadas en la vida cotidiana y acogen, como matriz formadora, el flujo ordinario de las decisiones en el seno de esos grupos cuya interacción refuerza su propia microcultura lejos de la calle, en los vuelos y despachos a gran altura. En el seno de un tal ambiente microcultural se llega incluso a acallar las voces críticas. Sus graves consecuencias nos hacen ver que, dado el tamaño del mercado, no podemos relegar las claves microculturales como si solo fuesen variables exógenas en cualquier modelo explicativo.

Antes se dijo: “¡estúpido, es la Economía!”, pero ahora habría que matizar que se trata de la Economía real y no del traje financiero, se trata de la calidad de la vida y no de la cantidad del consumo –como nos recuerda Z. Bauman– de la verdad de lo que decimos y no de su apariencia formal. Y sobre todo se trata de lo que hacemos, de la voluntad, de poner manos a la obra, de intentarlo, de arriesgarse, de construir algo bueno y verdadero, de innovar invirtiendo en algo que satisfaga –no que cree– necesidades reales, lejos de la alquimia financiera (¿qué pasa con el grafeno, con las fotocopiadoras 3D, con las células-madre, con las energías renovables, con la agricultura ecológica, con la excelencia industrial, con los puestos de trabajo o con el amor al trabajo bien hecho? ¿dónde están los emprendedores que efectivamente se arriesguen a crear bienes y trabajo con todo eso?).

 No es fácil salir del propio mundo porque no reconocemos ese sutil límite hecho de costumbre que delimita la esfera del partido, de la profesión, del ambiente académico, de los despachos, juntas, consejos y reuniones y que acaba vistiendo nuestra desnudez con un traje de burbuja, como si cada cual fuese emperador de su propio pequeño mundo. Minusvaloramos en exceso la disparidad de estilos que cierran cada universo en su propia coherencia con la fuerza de una microcultura, pues en ella queda atada la experiencia por un estrecho impermeable de interacciones sociales muy concretas, limitadas y repetitivas en su ambiente. Buena parte del despilfarro proviene de ese cierre ensimismado de quienes cuentan como costumbre con un nivel económico que para su estilo de vida es absolutamente normal, bien sea en forma de consumo privado, de dietas por asistencia a consejos de empresas o de organismos públicos, por gastos protocolarios o de viaje considerados propios de la imagen social que sustentan, sin sopesar a cambio su rendimiento, su creación de riqueza o su aportación social.

Aun siendo tan sastres y cómplices, emperadores de mundos tan pequeños como los sordos hombres-masa que Ortega denunciaba en los años treinta, y nadie esté legitimado para arrojar la primera piedra, con todo, en algún momento se habrá de escuchar la voz de la inocencia que alerta de tan desnuda mentira. Solo alborea como esperanza el clamor de las clases subalternas y su indignación impotente ante la pornográfica exposición de tan injusta ceguera. Al menos no aplaudamos ante el strip-tease del emperador, sino el esfuerzo y riesgo de los innovadores.

 



[1]              Ortega y Gasset, J.1967 (1931): La rebelión de las masas. Barcelona, Círculo de Lectores, p. 133.

[2]              Ibid. p. 136.

[3]              Ibid. pp. 136-137.

[4]              Ibid. p. 242.

[5]              Ibid. p. 248.

 

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08 mayo 2013

El legado de la Escuela de Economía de Salamanca

Autor: Pedro Schwartz Girón
04 octubre 2012

Ante la crisis... ¿qué puedo aportar yo?

Autor: Agustín Muñoz-Grandes Galilea

 

    Durante mi vida profesional activa  traté de cumplir las órdenes que  recibía, con buen acierto cuándo las entendía bien , y en un nivel más bajo cuándo no llegaba a comprender el contenido ni el por qué del mandato, sin que el menor rendimiento pudiera achacarse a falta de disciplina. Y lo mismo  puedo aplicar a las órdenes que de mí emanaron.  Me esforcé por dictarlas de forma clara y directa , especialmente cuando tenía certeza de que no iban a gozar del aplauso popular. Y me fue bien. Parto de la base de que para conseguir el cumplimiento de misiones duras, que conllevan sacrificios, quienes las reciben deben tener inculcados ideales sólidos, y ser informados con claridad de lo que en cada paso se pretende alcanzar y la forma de hacerlo, sin que ello menoscabe la autoridad de quien las manda. Y hoy nuestra sociedad necesita ser motivada por ideales superiores a la simple consecución del estado del bienestar,  y el pueblo español merece explicaciones directas y claras.  ? 

  Ante  la grave crisis  que enfrentamos, los españoles recibimos desde el más alto escalón una orden clara: “Todos tenemos que arrimar el hombro” lo que, a los que estamos ya fuera de la parcela concreta donde hemos desarrollado nuestra actividad, nos plantea el incomodo problema de PENSAR como dar respuesta a aquella afortunada frase de Kennedy: “No preguntes que puede hacer la Nación por ti, sino qué puedes hacer tú por tu Patria.” 

     Mi conciencia empieza a acusarme de haber adoptado una pobre actitud en estos momentos de incertidumbre: No involucrarme en la solución de los problemas, con el riesgo de equivocarme, y limitarme a ser el sujeto pasivo que contempla como se derrumba el edificio que con tanto esfuerzo se levantó,  criticando, a toro pasado, a los actores activos. 

Todos ejercemos una cierta influencia en la esfera social en la que nos movemos, bien liderando el desarrollo de una idea o impulsando a otro, a quien consideramos más capaz, a que lo haga. Expondré sólo 3 de los muchos proyectos que quiero apoyar: 

1ª.- La Reactivación de Valores, que no los creo perdidos pero sí adormecidos por el permanente ataque del nihilismo, relativismo, laicismo (que no la laicidad positiva) y un largo etc. de “ismos”, ante los que hay  poca valentía en proclamar que siguen vigentes los principios del Humanismo Cristiano (no encuentro otros mejores) concordantes con la Ley Natural y recogidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. He percibido en distintos coloquios de análisis de nuestra actual crisis, como queda en segundo plano la regeneración de valores, para volcarse en la reestructuración de los sistemas económico y financiero, con severas críticas a las medidas adoptadas. 

Y siendo estos temas de capital importancia, creo que sin la reactivación de valores, que nos conducen también a una verdadera regeneración democrática, todo se viene abajo. Sin recuperar el valor de la solidaridad, uno de los dos pilares de nuestra Constitución (Artº 2), es difícil aceptar sacrificios a nivel autonómico, provincial o individual. Recordemos las valientes e incómodas palabras del Papa Juan XXIII al referirse a la verdadera solidaridad ligada al amor: No se trata sólo de desprenderse de lo superfluo, sino también de parte de lo que juzgamos necesario. ¿Estamos dispuestos a ello? 

Potenciando el sentido del honor junto al culto a la verdad, se evitarían tantos malos ejemplos que nos dan al pueblo llano, que contemplamos ya impasibles, como nuestros representantes se insultan públicamente, tildándose de mentirosos o vertiendo graves acusaciones, sin pruebas concretas, contra la honestidad de personas que quedan ya tocadas de por vida. ¿Como pedir sacrificios a quienes sobreviven con esfuerzo, si los niveles superiores no dan muestras continuas de austeridad, si mucho se habla de derechos y muy poco de deberes? Todo sonará a falso si no se predica con ejemplaridad y no se practica la virtud de la mutua lealtad

2ª .-  Fortalecer la Unidad de España, indispensable para que pueda progresar la creación de la Europa a la que pertenecemos. Hace 60 años presté solemne y público juramento, nunca cancelado, de defender esta Unidad, y como español que se siente orgulloso de serlo, he asumido la Historia de mi Patria bimilenaria, con sus glorias y fracasos, lo que me ha llevado a guardar un enorme respeto a nuestro pueblo que siempre ha respondido con generosidad y valentía, cuando se le ha sabido presentar ideales por los que merece la pena todo sacrificio y esfuerzo. Un pueblo al que en demasiadas ocasiones se le ha llevado al desastre cuando en sus dirigentes han predominado los egoísmos, la corrupción y los intereses partidistas. La recuperación siempre dejó en el camino heridas profundas que cuesta cicatrizar y que hay que cuidar que no se reabran. ¿Lo estamos haciendo? 

No ha salido bien el  desarrollo del Estado de las Autonomías, que se ha descontrolado. Pienso que se puede rectificar conservando las raíces de lo que en el 78 se presentó como un proyecto  atractivo, si hay valor para entrar de lleno en los males que le acosan, reestructurando la fragmentación del Estado, recuperando el Gobierno central competencias que nunca debió ceder, y plantando cara a los nacionalismos excluyentes que empezaron presentando el falso argumento de la España como nación de naciones, para pasar ya a pedir la separación total, basándose en falsos referendos que ignoran que la soberanía reside en el pueblo español (art º 1), en todo él y no sólo en una de sus partes, la rotundidad y claridad del artº 2 sobre la indisoluble unidad de nuestra Patria, y las disposiciones constitucionales que impiden cualquier segregación  por la puerta de atrás.  

3ª.- Combatir el derrotismo que nos ahoga y  derrumba nuestra autoestima. ¿Se le puede vencer? Sinceramente, sí. Conocemos bien las causas de la crisis, tenemos sabios economistas y sociólogos y están diseñadas las rutas a seguir, siempre mejorables, con las duras medidas que nos pide Europa, pero nos falta aplicar dos viejos principios del arte de la guerra (la crisis es una batalla que hay que ganar): La “Acción de Conjunto” (concurrencia de esfuerzos), y la “Voluntad de vencer”, unida a la “Fe en la Victoria”. Así lo hicieron en situaciones extremas por ejemplo el vizcaíno Diego López de Haro capitaneando las vanguardias de los ejércitos castellanos, aragoneses y navarros  en Las Navas de Tolosa (1212), o el barcelonés Luis de Requeséns contribuyendo decisivamente en la victoria de Lepanto (1571), o el guipuzcoano Blas de Lezo (1741) en su heroica participación en la derrota de la imponente flota del orgulloso Almirante inglés Edward Vernon en Cartagena de Indias, o todas las regiones de España unidas con derroche de patriotismo en la lucha contra el invasor francés. 

Factor común en todos los casos: Unión y apoyo leal al que ejerce el mando, lo que incluye la crítica constructiva. Así lo hacen permanentemente nuestras Fuerzas Armadas que siguen sólidas y en su sitio, así lo hicieron los alemanes en 2005 uniéndose la sociedad con sus grandes partidos políticos para acometer las reformas estructurales necesarias para sacar a Alemania adelante, y así podríamos hacerlo nosotros. Nos iría bien. 

                                                                  

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10 junio 2012

El poder humanizador de la música

Autor: Alfonso López Quintás

 

El propósito de este artículo es mostrar el sorprendente poder formativo que alberga la experiencia musical cuando la vivimos de forma creativa, como un modo de encuentro con las obras, los autores, los estilos, las épocas... La contemplación estética adquiere, así, el valor de una re-creación, un recuerdo vivo de las obras y de los estilos que ellas reflejan. Toda interpretación auténtica es una verdadera creación de la obra, no una mera repetición; es un recuerdo, en el sentido original de retorno a la existencia. “Recordar es vivir”, escribió certeramente Miguel de Unamuno. El verbo “recordar” procede del sustantivo latino “cor, cordis” (corazón). Recordar es pasar por el corazón, tener la corazonada de traer algo nuevamente a la existencia. No sin razón, los franceses y los ingleses interpretan el saber de memoria como un saber cordial (“par coeur”, “by heart).            

Por fortuna, en la actualidad se cultiva profusamente la música. En los centros escolares se dedica creciente atención al aprendizaje musical. Las instituciones públicas incrementan de día en día las posibilidades de asistir a conciertos de alta calidad. En numerosas autonomías se han creado orquestas y coros que nos sorprenden a menudo por su perfección técnica. Pero, de ordinario, apenas se repara en algo decisivo para nuestro desarrollo como personas: el poder formativo que alberga el arte musical. Con frecuencia se lo reduce a un fabuloso medio de diversión, de halago sensorial y psicológico, de refinamiento del gusto. No debe ignorarse que, además de eso y en un nivel superior, la experiencia musical puede contribuir eficazmente a nuestro crecimiento y maduración como personas.

En fila india, los miembros de una pequeña tribu del Alto Volta se alejan de su aldea para mejorar su suerte. Caminan, exhaustos, sobre una tierra resquebrajada por la sequía. De repente, el jefe empieza a musitar una melodía en una flauta de fabricación casera. Con ello, el abatimiento se convierte en  buen ánimo, y todos prosiguen la marcha con renovado brío.

En la película La misión, un misionero se adentra en la espesura de un bosque. Al llegar a un claro, saca de su funda un oboe y toca una melodía. Súbitamente, de la profundidad de la selva salen grupos de hombres armados con lanzas. Pero no vienen en son de guerra, sino gozosos, pues el hechizo de la música los ha cautivado y ven al misionero como un portavoz de la belleza y un heraldo de alegría y de paz. Esta obra tiene como protagonista singular la música, vista como medio privilegiado de comunicación entre los hombres.

Beethoven afirma en su testamento de Heiligenstadt que, gracias a la virtud y el amor a su arte musical, no recurrió al suicidio como salida a la desesperación[1]. ¿Qué enigmático valor tiene el arte para elevar el ánimo de esa forma tan eficiente?

La película El camino al paraíso nos muestra a un grupo de mujeres sensibles que, en el horror de un campo de concentración, formaron un coro. Un día, a punto de iniciar un concierto, los guardianes son alertados y acuden precipitadamente a la carpa en que se hallan las mujeres y sus compañeras de infortunio. Se teme una represión brutal. Pero, justo en el momento de irrumpir en la improvisada sala, suena el primer acorde del Adagio de la Sinfonía del nuevo mundo, de Antolin Dvorak. El encanto de la armonía retuvo a los guardianes y los adentró en un mundo de belleza polarmente opuesto a la sordidez extrema de la vida carcelaria. Sobrecoge advertir que la aparición de lo bello en estado puro pueda transformar la actitud de personas de corazón al parecer endurecido.

¿De dónde arranca este poder transfigurador de la música? Del poder que tiene para elevarnos al nivel de la creatividad. En la soledad del campo, un pastor construye una flauta y llena sus horas tocando sencillas melodías. No pocos piensan que esta simple actividad musical se reduce a pura distracción. Vista con hondura, la música distrae porque es un juego creador. Al serlo, supera inmensamente el carácter de mero pasatiempo. 

 

[1] Una traducción completa de este Testamento puede verse en mi obra Poder formativo de la música. Estética musical. Rivera editores, Valencia 2010, 2ª ed., págs. 300-302.

 

02 abril 2012

Mapa y Territorio

Autor: Ricardo Sanmartín Arce

 

 

Podemos tomar el mapa de Madrid y buscar como podemos ir a la Real Academia desde el punto en el que situemos el inicio del trayecto. Pero, si queremos llegar, tendremos que movernos en el espacio real y consumir tiempo y energías para lograrlo. No es lo mismo el mapa que el territorio. Solo los niños ponen el mapa en el suelo y caminan sobre él como en un juego. Esto, que es tan obvio, lo olvidamos y confundimos con frecuencia ambos términos. El dislate no tendría mayor importancia si solo fuese un juego de niños. Y cierto es que la vida tiene un lado lúdico que solo la inocencia y la sabiduría comparten, pero más acá o allá de tan benditos extremos, no parece sensato jugar con las cosas de comer, sobre todo cuando hay tanta hambre, y siempre la hay de todo cuanto es bueno para el hombre, que no solo de pan vive. Por eso preocupa observar en medio de una crisis tan extensa como la que sufrimos, que ambas cosas se confundan, tanto en el ámbito del diagnóstico como en el de la proposición de medidas económicas y políticas para superarla.

Mirar mapas o construir símbolos y representar cuantos extremos de la vida valoramos es, sin duda, una acción racional y muy útil en la que todos estamos interesados. Ocurre que no todos partimos del mismo punto en el territorio, aunque a grandes rasgos se desee realizar un camino de características similares para alcanzar un punto de llegada parecido. Según la distancia entre partida y llegada cambia la escala para que el tamaño del mapa quepa en el campo visual de nuestras posibilidades. Hay, obviamente, mapas de muchos tipos según el propósito de la cartografía, según la valoración de cuanto cabe esperar que irrumpa en el trayecto, según las metas de los viajeros, sus necesidades, deseos y posibilidades. Al comparar distintos mapas de un mismo territorio destacan las diferencias en símbolos y trayectos, pues todo cuanto en ellos se categoriza responde a la dispar valoración de lo que estima relevante en el territorio quien elaboró el mapa. Categorizar territorios y construir mapas no es una tarea tan neutra como pudiera pensarse. No hay cartografía independiente de valoraciones ni valoraciones universales independientes del tiempo. No es que todo sea relativo, sino que todo es concreto. Lo universal nos sirve como mapa para alcanzar los propósitos que no tenemos más remedio que encarar al vivir en el territorio.

Hace muchos años que expertos economistas han probado con acierto que nuestra economía es poco competitiva dada su pequeña productividad, y ésta, a su vez, falla en gran medida por la debilidad de la educación de los actores, su escasa creatividad e innovación. Este encadenamiento negativo de condiciones se ha señalado repetidas veces y sigue siendo necesario insistir en el diagnóstico. Es más, con precisión se ha destacado que el lastre educativo no pesa solo por una carencia de conocimientos sino, más bien, por su calidad y, más que debido a los contenidos, la razón estriba en la ausencia de valores adecuados y en no haber adquirido habilidades y destrezas necesarias. La mala productividad no solo afecta, pues, a nuestras empresas, sino también a los servicios educativos, desde la guardería a la universidad. Hay, sin duda, que mejorarla. Pero ¿cómo apreciamos cada merma y cada logro? ¿cómo hacemos el mapa para recorrer bien el trayecto sobre territorio y tiempo reales?.

Si manteniendo la producción reducimos el empleo, o si disminuimos el Coste Laboral Unitario por reducir los salarios, automáticamente mejorarán los indicadores de productividad. También mejorarán los indicadores de gasto (¿por qué no inversión?) educativo si escolarizamos más alumnos por profesor o si terminan más alumnos sus estudios gastando menos recursos. Ocurre como en las empresas: Si logramos el mismo producto con menos coste, habremos mejorado la eficiencia económica... ¿Seguro?.

¿No volvemos a confundir mapa y territorio, el indicador con la cosa cuya estimación pretendemos expresar? Siempre pensé que la eficiencia productiva era una cualidad del proceso productivo en su conjunto y que los indicadores son tasas, proporciones entre cantidades con las que quien mide cree que así se acerca a la cualidad que pretende explicitar de un modo más manejable. Somos tantos y tan diferentes que, si no acordamos índices cuantitativos homologados será difícil que nos entendamos. Pero eso no es sino un fruto de valorar la comodidad de la comunicación y de rendirse antes de ahondar en las causas de los fenómenos; es fruto de la prisa en plasmar sobre el papel resultados que pueden compartirse entre los profesionales, que así acaban acostumbrándose a trabajar con índices como si trabajasen con la realidad. A ella se acercan solo mediante la distancia detectora de los indicadores, y si bien toda distancia ayuda a verlos con frialdad y a percibir mejor su forma, dificulta no obstante la comprensión de la densidad real del problema. Se piensa que otra forma de medir es inviable para la escala tan enorme en la que se mueve una economía y una política que se escapan del corto horizonte de las personas reales y, sin embargo, el estudio cualitativo de casos ayudaría.

También las administraciones públicas, y no solo por la educación, tendrán que mejorar su eficiencia. Y a ello se han aplicado nuestros gobernantes con la mejor de sus intenciones. Cálculos, cifras, proporciones, horario laboral, que todo quede bien explicitado sobre el papel para facilitar su prueba ante las instituciones nacionales e internacionales, para poder tomar decisiones sobre índices concretos, y siempre con la misma obsesión por reducir costes con el fin de mejorar resultados contables. No negaré que muchas reducciones eran necesarias, sobre todo ante el enorme despilfarro en corrupción que a todos nos tiene indignados. Pero ¿no es la productividad de los servicios una cualidad, no una cantidad ni una proporción entre cantidades? ¿No caben otras medidas aunque no sean cuantificables? ¿Cuánto tiempo se pierde en la repetición de trámites por la información dispar según oficinas de un mismo servicio, por la falta de exhaustividad en todas ellas, por la mala calidad de los programas informáticos con los que se comunican entre sí y con los usuarios de la administración? ¿Cuántas energías se pierden por la rígida homogeneidad de las normas ante la disparidad de casos concretos? ¿Quién ha estudiado la circulación interna de los documentos? ¿Por qué se repiten las peticiones de informes y copias en vez de acudir a un banco de datos que agilice todo? Todo esto obedece a la carencia de habilidades y destrezas, a la valoración del quantum frente a los qualia, de la comunicación del mapa explícito frente al territorio analógico de la vida. No propongo solo mejorar los índices detectores sino reconocer en ellos el peso invisible de una concepción cultural de las cosas. Por eso creo que los valores sí que influyen en la economía.

01 marzo 2012

El aborto y el Tribunal Constitucional

Autor: Andrés Ollero Tassara

El aborto y el Tribunal Constitucional

Andrés Ollero Tassara
 
Tras el anuncio del ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, de que el Gobierno reformará
la ley del aborto actual para que las menores que decidan interrumpir su gestación tengan el
permiso paterno y el no nacido cuente con la protección adecuada, el autor hace un repaso del
papel que el Tribunal Constitucional ha jugado en este asunto tras la sentencia de 1985 en la
que parece que se basará la reforma del Gobierno de Rajoy.
 
Alberto Ruiz Gallardón es un político de raza, nada dado al "que no me pase nada" o "que me
quede como estoy". No es extraño, pues, que su primera comparecencia parlamentaria no
haya pasado inadvertida. Puestos a hablar, ha hablado hasta del aborto, temática de la que
huyen los no pocos afectados por el síndrome posfranquista: derecha, religión…, mejor tocar
madera. A nadie sorprendió su referencia a la necesaria intervención de los progenitores en el
aborto de menores, aunque alguno recelara que todo pudiera quedar ahí, confirmando la
frecuente queja: hay gobiernos socialistas que no dejan títere con cabeza, luego viene el PP y
maquilla una esquinita… La alusión a la sentencia 53/1985 parece abrir un diverso horizonte,
que combinado con las anunciadas reformas relativas al Tribunal Constitucional suscita
interrogantes.
 
Se ha hablado, por ejemplo, de resucitar el recurso previo, que permite que el TC paralice la
entrada en vigor de una ley ya aprobada; pero, al parecer, se contemplaría sólo para estatutos
de autonomía, evitando el absurdo de que los ciudadanos voten en referéndum un texto que
no mucho después es declarado multiinconstitucional. No queda claro, sin embargo, si se
olvidará con ello que alguien tan poco sospechoso de abortista como el magistrado Vicente
Conde impidiera con su voto que se suspendiera la última reforma legal del aborto, por
entender que la ley sólo permite dicho freno a petición del Gobierno y no de otros recurrentes.
Ante la parsimonia en fallar el asunto y el nada tranquilizador precedente de las sentencias del
TC sobre reproducción artificial, que tardaron un decenio en ser resueltas, la cuestión no es
baladí. Más de un ciudadano se pregunta también si el Gobierno debe esperar a que se
pronuncie el TC para realizar su reforma. La respuesta sería negativa; difícilmente la sentencia
podría influir en ella. El Constitucional no indica a ningún gobierno lo que debe hacer; se limita
a constatar si lo que hacen los poderes públicos debe ser rechazado por situarnos bajo
mínimos en la protección de bienes y derechos fundamentales. Aunque el TC entendiera que
una ley de plazos es admisible, no significaría que descartarla sea inconstitucional. Ante más
de un problema, tan constitucional es una solución como su contraria, si respetan los mínimos
constitucionalmente exigibles.
 
Cabe también preguntarse si basta tomar como punto de partida la sentencia 53/1985 para
que la protección al no nacido cambie sensiblemente. La respuesta es de nuevo negativa; lo
dice el Consejo de Estado, en el heterogéneo y unánime dictamen de su comisión permanente
sobre la reciente ley. Cinco lustros después, la situación es de aborto libre, al convertirse
España en "un paraíso del turismo abortista y el lugar donde más crece el número de abortos
en la Unión Europea".
 
La sentencia de 1985 fue de las más discutidas de la historia del TC: empate a seis y voto de
calidad del presidente. Para los magistrados discrepantes la mayoría se había propasado al
empeñarse en indicar al legislador qué garantías habría de tener en cuenta para proteger a los
no nacidos. El resultado de las discutidas garantías ha sido nulo. La salud psíquica de la
embarazada se ha convertido en fórmula omnicomprensiva, con la llamativa pasividad del
Ministerio Fiscal; se ha olvidado lo que tan claramente expresó la sentencia: cuando la ley
admite un aborto "necesario para evitar un grave peligro para la vida o la salud de la
embarazada", el término necesario "sólo puede interpretarse en el sentido" de que el conflicto
"no puede solucionarse de ninguna otra forma". Entre eso y el aborto libre parece haber un
trecho, pero no lo ha habido ni gobernando socialistas ni gobernando populares: entre los que
se despreocuparon de su protección y los que no se atrevieron a protegerlos, los no nacidos no
han ganado para sustos. Ese es, por tanto, el quid de la cuestión.
 
Despenalización y legalización
 
A ello han contribuido no poco los medios de comunicación, para los que no parece haber
diferencia entre despenalización y legalización. La despenalización mantiene la existencia del
delito de aborto y tipifica circunstancias en las que la conducta sancionada no sería exigible. La
legalización, por el contrario, convierte en intachable la conducta. También han dado por
hecho que la reciente ley ha convertido el aborto en derecho. Para la sentencia de 1985, los
"graves conflictos" que amenazan la vida del no nacido "no pueden contemplarse tan sólo
desde la perspectiva de los derechos de la mujer"; "ni los derechos de la mujer pueden tener
primacía absoluta sobre la vida del nasciturus". Para el Consejo de Estado, ni siquiera tras la
reciente ley puede hablarse de que exista un derecho al aborto: "la ausencia de una
prohibición equivale a un ámbito de libertad de lícito ejercicio, no prohibido por la ley. De la
doctrina sentada por el Tribunal Constitucional no resulta un derecho al aborto -algo
desconocido en los ordenamientos de nuestro entorno susceptibles de ser tomados como
modelos-, sobre el que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha rehusado pronunciarse”.
02 febrero 2012

La falta de valores no explica la crisis económica

Autor: Pedro Schwartz Girón

Abundan las lamentaciones sobre la decadencia de valores en Occidente y sobre el efecto que tal decadencia haya podido tener sobre el progreso económico. Tales lamentaciones se inscriben en una larga tradición profética que atribuye la decadencia social a los vicios personales de gobernantes y ciudadanos. En el caso del capitalismo, la crítica va más a fondo: se dice que el consumismo fomentado por la abundancia de bienes que la economía libre produce socava las propias virtudes de laboriosidad, ahorro y seriedad sobre las que se basó en su origen.

Afirmaciones tan genéricas son difíciles de probar y refutar. En estos casos es mejor ir a lo concreto. La crisis económica que viene durando desde 2007 la explican moralistas y predicadores por el materialismo, la codicia, el egoísmo, la falta de amor, la decadencia de las costumbres, el olvido de los valores. Sin duda son justificadas tales acusaciones. Sin embargo, si a lo largo de los siglos han podido observarse repetidas crisis financieras y económicas de características semejantes a la actual, entonces esos moralistas deberían postular que a lo largo de épocas anteriores también concurrieron vicios semejantes. Si además se diera el caso de que son ya ocho o más  los siglos de crisis financieras que viene padeciendo la Humanidad, entonces los tales vicios de comportamiento quizá pueda decirse que son consubstanciales de la naturaleza humana.

Tal es lo que parece poder deducirse de los trabajos de los economistas Carmen Reinhart y Ken Rogoff, en especial de  un libro que publicaron en 2004 y que ha hecho fortuna: Esta vez es distinto. Una visión panorámica de ocho siglos de crisis financieras. (Princeton). En vez de tomar nada de ese libro, que se está traduciendo al español y cuya lectura recomiendo vivamente, me contentaré con reproducir ahora un gráfico de otro y más  reciente trabajo de estos mismo autores, titulado  "From financial crash to debe crisis" (American Economic Review, agosto de 2011). Sobre la base de las estadísticas de 70 países de los años de 1800 a 2010, el gráfico recoge las recurrentes crisis de dos siglos. Parece que la Humanidad lleva algún tiempo siendo materialista, codiciosa, egoísta, falta de amor, decadente en sus costumbres y olvidada de los valores. 

10 enero 2012

La innovación en España

Autor:

Enero 2012.- La innovación es, para la Economía, la consecuencia del “cambio técnico”. Un cambio que ocurre cuando se aprovecha un aumento de conocimiento para obtener mayor valor de la producción mediante una mejor combinación de los factores capital y trabajo. Fue el premio Nobel de Economía Robert Solow, quien en 1956 evidenció que el crecimiento de la economía de Estados Unidos, en los cien años anteriores, se debió nada menos en un 80% al “cambio técnico”. Y en 1966, el también premio Nobel Simon Kuznets, decía que “la característica distintiva de las sociedades desarrolladas modernas es su éxito en aplicar el conocimiento sistematizado a la esfera económica”, lo que lleva al crecimiento sistemático de la “productividad total de los factores”. Ahora, después de cuatro años de crisis, es imperativo preguntarnos qué estamos haciendo, y qué deberemos hacer en España, para que esta situación sea también una característica de nuestro país.

La Historia da fe de que lo hecho en el pasado en nuestro país a este respecto ha sido muy poco, incluso en fechas relativamente cercanas. El mejor indicador disponible para calibrar esta cuestión y, también para hacer comparaciones internacionales, es el gasto total en I+D. En 1964, primer año de estadísticas oficiales, este gasto equivalía en España al 0,10% del PIB, y veintiún años más tarde, cuando estaba a punto de publicarse la Ley de la Ciencia, todavía no superaba el 0,5% del PIB, cuando la Unión Europea de los quince ya invertía el 1,86%.

Esta realidad histórica pesa todavía mucho en nuestra cultura, y esa es la razón de que haya pasado inadvertida para la sociedad española la gran transformación experimentada en las dos últimas décadas, cuando la dedicación española a la I+D empezó a crecer a ritmos más que notables. Porque desde 1994, y hasta la llegada de la crisis, las tasas anuales de crecimiento fueron siempre superiores al 10%, y las del esfuerzo empresarial llegaron algún año al 20%. De tal manera que, en 2008, el gasto total era ya de 14.700M€, alcanzando el 1,39 del PIB de aquel año. Un crecimiento muy importante, pero que nos coloca en un nivel que es menos de la mitad de las imprescindibles para conseguir la competitividad de una economía como la nuestra.

No hay dudas de que el límite que hemos venido teniendo en este crecimiento, ha sido debido a la estructura de nuestro tejido productivo, que sigue siendo notablemente anacrónica para el mundo en que vivimos. Anacrónica porque, como es sabido, nuestro tejido integra muy pocas empresas grandes y, además, se caracteriza por un excesivo peso de sectores que generan poco valor añadido. Y las razones “últimas” que justifican esa realidad, hay que buscarlas en las mismas características de nuestra sociedad. Es decir, en el hecho de que nuestra preocupación por hacer del conocimiento una fuente de riqueza y bienestar, que eso es la innovación, ha estado en España lejos de las aulas, lejos del legislador, del administrador público y, en general, lejos de nuestra sociedad. Casi podría decirse que ha sido ignorada.

A esta situación ha ayudado, y mucho, nuestro sistema educativo, en el que tradicionalmente ha primado la transmisión de conocimientos, frente al fomento de las habilidades, que son las que permiten su aplicación para crear valor. Unas habilidades estas, absolutamente necesarias para que existan más emprendedores que capten las oportunidades de negocio que les brinda su conocimiento. Para que los empresarios sepan utilizar ese conocimiento. Para promover e instrumentar cambios innovadores y necesarios, para que la investigación española ponga más énfasis en la aplicabilidad de sus resultados. Y para que los trabajadores sean capaces de aplicar en sus puestos de trabajo los conocimientos adquiridos.

Pese a esta realidad, no podemos olvidar que durante la pasada década se fue produciendo, poco a poco, una cierta capacidad para crear y utilizar conocimiento con fines económicos. También para diseñar y gestionar la política de innovación en algunas empresas y en algunos centros públicos de investigación. Y ello es lo que nos ha permitido crear un verdadero “sistema de innovación”. Ciertamente pequeño, porque sus empresas son todavía pocas. Y, desde luego, se encuentran muy lejos del tamaño que sería necesario para que sean el motor de competitividad que nuestra economía necesita. De un total de millón y medio de empresas con empleados en nuestro país, no tenemos más que unas quince mil empresas sólidamente innovadoras, ni más de un millar de grupos de la investigación pública, que puedan colaborar con ellas, cuando es fácil demostrar que, en nuestro caso, serían necesarias más de cuarenta mil. Pese a ello, es una realidad que este pequeño sistema de innovación funciona razonablemente bien, y es una realidad que, aún en estos momentos de dura crisis, esos empresarios innovadores siguen manteniendo el gasto corriente en I+D de sus empresas. Sin duda, porque ya consideran la actividad innovadora imprescindible para su negocio. Sí han reducido, y de  forma considerable, sus inversiones para mejorar su capacidad de I+D, que son las que garantizan una mayor competitividad futura. Por otra parte, no hay que olvidar que, entre 2008 y 2010, una de cada tres empresas entre 10 y 49 empleados que tenían actividad de I+D interna, la han abandonado.

A partir de esa realidad, lo que cada vez está más claro es que, en estos momentos de gran incertidumbre sobre el final de la actual crisis, no podemos seguir dejando caer nuestra incipiente capacidad de innovación, porque cuando esa crisis será superada, será “la única” base sobre la que vamos a poder construir una economía capaz de competir en el nuevo escenario mundial. Es por ello absolutamente necesario mantener y promover a toda costa la capacidad de innovación de nuestros sectores tradicionales. Unos sectores que, por otra parte, y en estas difíciles circunstancias, están jugando un magnífico papel internacional, sólo justificado por su oferta innovadora. Porque hoy en su mayoría son pymes. Y cuando crezcan serán la mayor fuente de empleo y de productividad. Tampoco podemos abandonar a los investigadores españoles, que ya están contribuyendo a la ciencia mundial, y que cada día están más cerca de la empresa. Y desde luego, es claro que no podemos renunciar a formas más atrevidas de fomento de la innovación, porque nuestros empresarios han demostrado ser capaces de aceptar los compromisos que los nuevos instrumentos les han exigido. En todo caso, lo que no podemos olvidar que nos estamos jugando el futuro a la carta de la innovación. Recordemos a Robert Solow y a Simon Kuznets.

 

 

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05 diciembre 2011

Europa ante la crisis de valores

Autor: Marcelino Oreja Aguirre

Diciembre 2011.- La crisis de valores que caracteriza nuestra sociedad posmoderna requiere una atención especial, tanto desde el punto de vista histórico y sociológico, como jurídico y ético.

Los valores deben fundarse en principios y acrisolarse socialmente en forma de virtudes ciudadanas; de lo contrario, cuando solo se sustentan en meras convenciones sociales, ellos mismos se “devalúan”, se pervierten y la comunidad política enferma termina por derrumbarse. Por eso, solo un marco de principios, permitirá superar la profunda crisis moral en que nos encontramos. No nos engañemos, la crisis moral es el telón de fondo de aquello que nos afecta directamente: el derrumbe de nuestra economía, la sinrazón de nuestra política y la disolución de la convivencia social. La crisis moral es el gran tema de nuestro tiempo, el supremo reto que hemos de abordar con el fin de legarle a las generaciones futuras un mundo más justo, libre y solidario.

La regeneración global ha de estar basada en principios y valores anclados en la verdad. Una verdad capaz de transformar las estructuras económicas y políticas, y de forjar el bienestar integral de la humanidad. Para que esa verdad se materialice en la vida pública hemos de apelar a los principios que son, a su vez, preceptos o verdades básicas que nos sirven como punto de partida y actúan como razones últimas. Estos principios son verdades evidentes que nos obligan universalmente y son inmutables, unen en el mismo bien común a todos los hombres en todas las épocas de la historia. Ahora bien, si el principio es un punto de partida, el valor moral vendría a ser la manera en que se observa ese punto de referencia conforme el hombre recorre su camino vital. El punto de partida no cambia. El ser humano lo busca en la creación, en Dios, en la verdad filosófica, en el absoluto trascendente o en las ideas innatas. El valor, por su parte, es la percepción social de esa verdad. Por eso los valores pueden cambiar. Así, el principio de justicia es una verdad que nos dice que hay que dar a cada uno lo suyo. El valor es la percepción social de esa verdad, la materialización del principio en un caso concreto y bajo una ley peculiar. El valor solo alcanza su plenitud cuando se mantiene fiel al principio, cuando refleja en la sociedad la verdad objetiva que mora en la esencia del principio. El valor, cuando así es concebido, es absoluto y permanente.

De lo contrario, si se aleja de las verdades objetivas y naturales, se pervierte, es atrapado por la impetuosa corriente del relativismo. Se produce, entonces, un desquiciamiento de los valores. De esta manera nacen los antivalores, los valores negativos, los sucedáneos de la verdad. Lo verdadero se convierte en falso y lo falso es elevado a opinión pública.

Nuestra época es una en la que se pisotean los valores morales y se impone una nueva ética soliviantada por el consenso. Urge, por eso, que los valores vuelvan a fundirse con los principios. Es preciso que reconozcamos que los valores, para influir y transformar la sociedad, han de ser respetuosos de las verdades que iluminan una convivencia fecunda y trascendente. Sólo si los auténticos valores se plasman en virtudes, es decir, en acciones concretas en la vida diaria, es posible luchar por una regeneración en la sociedad. Los auténticos valores, aquellos que se basan en la verdad, pueden y deben convertirse en el centro de la regeneración democrática de España y Europa. Existe una verdad objetiva, natural, perfectamente cognoscible a través del logos. Los valores deben de liderar una auténtica revolución democrática basándose en la verdad. Europa se ha nutrido de unos valores concretos a lo largo de los siglos. Occidente es la hechura de los valores cristianos que proclama la igualdad de los hombres, la primacía de su dignidad, la existencia de derechos universales, la libertad como sistema de vida y la necesidad de respetar y promover el imperio de la ley y la justicia.

La Europa del siglo XXI debe construirse sobre principios sólidos enraizados básicamente en dos tradiciones: la judeocristiana y la grecolatina, matizadas por la Ilustración. Cercenar una de estas herencias es tanto como mutilar Occidente. Son los valores de estas tradiciones, los que configuran el depósito de la herencia europea, un depósito abierto a la influencia positiva de otras civilizaciones sin que por ello sea preciso renunciar a los principios inamovibles sobre los que fundamos nuestro modo de vida. Europa es un continente abierto, capaz de rescatar lo mejor de todas las culturas del orbe. Sin embargo, solo podemos hablar de la existencia de Europa si reconocemos a su vez que hay un conjunto de valores sobre los que se apoya la unidad estructural de nuestro continente. Europa no se entiende sin libertad. Europa no se comprende sin solidaridad, sin el respeto a la ley, sin una democracia de valores, o sin un política de la verdad.

Si queremos descubrir los valores, tenemos que ir a la esencia de las instituciones. Y las instituciones también están formadas por personas. Redescubramos, entonces, a las personas, no nos quedemos solo en los procedimientos, en los mecanismos, en las formalidades. En mi opinión, Europa necesita más que nunca fijar su mirada en quienes pueden considerarse sus “padres fundadores”. Y esto es así porque una sociedad que no se apoya en valores comunes, en convicciones compartidas, no puede desarrollar un sistema institucional que le dé la estabilidad que toda comunidad política requiere. Los valores otorgan unidad, coherencia, posibilidad de destino. La conocida frase de Jean Monnet apunta en la misma dirección: "nosotros no unimos Estados; unimos personas". Y hablar de persona es hablar de trascendencia. Sin una apertura a la trascendencia, nada tiene sentido: las personas se aíslan, las comunidades se desvanecen, el bien común se diluye. Como bien señala Benedicto XVI en su encíclica Caritas in veritate (núm. 78): "Sin Dios, el hombre [Europa, podemos decir nosotros] no sabe dónde ir ni tampoco logra entender quién es".

Solo los valores salvarán la síntesis europea. Los valores crearon Europa y los valores la mantendrán en tierra firme. Europa, España, enraizada en los valores, continuará aportando a la especie humana su sabiduría y su espiritualidad. Adentrémonos de nuevo en los principios de las tradiciones judeocristiana y grecolatina, que fueron las verdaderas fuentes de inspiración de nuestros padres europeos. Esforcémonos por transmitir una cultura que se oponga al relativismo posmoderno y al posibilismo oportunista. Soñemos con un mundo mejor, no basado solamente en los avances técnicos y en las revoluciones científicas sino en el comportamiento ético de las personas, en el hallazgo del camino verdadero, en la trascendencia que a todos nos une en pos de un horizonte común. Y hagámoslo por la senda de los principios, por el largo y valiente sendero de los valores que construirán la Europa de la globalización.

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Buscando a Dios en el universo: Una cosmovisión sobre el sentido de la vida
Ramón Tamames Gómez

Editorial: Erasmus Ediciones, 2018