Pleno de los martes

31-01-17

Rouco Varela, Antonio María,

La cuestión de los fundamentos pre-políticos del Estado democrático de derecho: su planteamiento reciente y su actualidad

 

RESUMEN DE LA PONENCIA

«Fundamentalismos» y «Populismos» son presentados a la opinión pública como los fenómenos sociológicos y culturales que amenazan más directamente la supervivencia histórica del Estado democrático de derecho. El primero se sitúa en un campo de convicciones religiosas, y el segundo parece recurrir a «una secularidad» re-interpretada en clave de un redescubierto racionalismo pagano o de un neo-marxismo de corte leninista. Su «sitio en la vida» ha cambiado al ritmo de las épocas históricas por las que ha atravesado la configuración ético-jurídica de la comunidad política.

Su actual planteamiento es inseparable del nombre del Prof. Ernst-Wolfgang Böckenförde, Magistrado del Tribunal Constitucional de la República Federal de Alemania de 1983 a 1996, y protagonista excepcional del debate doctrinal-filosófico y teológico en torno a la interpretación de la historia y del texto de la Ley Fundamental de Bonn desde la primera década de su vigencia hasta hoy. Böckenförde concluía un estudio publicado en 1967 sobre «la génesis del estado como un acontecimiento de la secularización» con la tesis: «el Estado libre, secularizado vive de presupuestos que él mismo no puede garantizar». A su juicio, el proceso espiritual, cultural y político de la formación del Estado que conduce a su secularización se inicia con el conflicto de «las Investiduras» entre el Papa San Gregorio VII y el Emperador Enrique IV, pasa por la ruptura de la unidad de la fe y de la Iglesia en la Reforma Protestante, y concluye en «la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano» de la Revolución Francesa en 1789. La secularización del Estado, resultado histórico de su emancipación de toda influencia doctrinal e institucional religiosa, se habría hecho irreversible. La religión se verá relegada, casi siempre, al ámbito privado.

Este estado secular hará crisis con el triunfo político e ideológico de dos grandes totalitarismos del primer tercio del siglo XX: el Comunismo soviético y el Nacionalsocialismo, que llevan a la II Guerra Mundial.

Después de la experiencia totalitaria, no quedaba otra salida que la de una fórmula constitucional de Estado democrático, superadora del positivismo sociológico y jurídico, capaz de una reconstrucción humana, material y espiritual de una Europa arruinada física y moralmente, herida, abatida y quebrantada en los cimientos de su cultura y de su civilización cristiana y humanista más que milenaria.

Entre vencedores y entre vencidos, se abre paso la convicción de la necesidad moral y espiritual de una recreación normativa del Estado que conjugase simultánea y armónicamente libertad y responsabilidad social, participación democrática y rigor jurídico. La fórmula del Estado constitucional del viejo liberalismo quedaría sometida a una profunda revisión y renovación orgánica y funcional para garantizar eficazmente la libertad y la solidaridad de sus ciudadanos de cara a la realización justa del bien común. Las reformas constitucionales resultantes se plasmarán en el Estado libre, social y democrático de derecho, en el que toda actuación legislativa, judicial y administrativa quedará sometida y se adecuará al mandato de la ley de acuerdo con el ordenamiento jurídico cuya norma máxima será la Constitución. Se admite que ésta quede sometida a los principios pre-positivos establecidos en la Carta y en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, aprobadas por las Naciones Unidas en 1948, y a las instituciones primarias y originarias –el matrimonio y la familia– en cuyo seno nace, inicia su historia y su primer y básico desarrollo personal.

Avanzada la década de los sesenta, un profesor tan seriamente preocupado por el futuro del Estado libre y democrático, irrenunciablemente laico, había llegado a la tesis histórica y filosófico-jurídica de la dependencia del Estado de presupuestos que no se podía proporcionar a sí mismo. A la vista estaba la influencia creciente de ideas y de estilos de vida, entre ellos un neo-marxismo cultural (Gramsci) y un existencialismo anarquista-libertario (Sartre). Pero lo que motivaba la tesis del ilustre jurista era la objetividad científica de la dificultad innata al Estado laico de disponer y de contar con fuerzas éticas, vigorosas para garantizar su subsistencia en libertad, prescindiendo de toda referencia religiosa, metafísica o trascendental, susceptible de ser compartida por toda la comunidad política. La incompatibilidad del Estado laico con cualquier forma de confesionalidad excluía, en su opinión, la integración en su ordenamiento constitucional de lo que él llama «un sistema objetivo de valores».

En el último tercio del XX, el “sitio en la vida” en el que se va a desarrollar la existencia y el funcionamiento del Estado laico, libre, social y democrático de derecho va a complicarse en el terreno de las realidades sociales y culturales, y se verá enfrentado a poderosas corrientes ideológicas que forzarán un giro radical en su legislación en derechos fundamentales. Se podría hablar de un cambio substancial de mentalidades y de prototipos éticos y culturales.

Distintos acontecimientos modifican el mapa geopolítico: el 9 de noviembre de 1989 se derrumba el Muro de Berlín, y a comienzos de los 90 se da por finiquitado el «Bloque soviético». El modelo del Estado libre y democrático se habría impuesto. Parecía que se había logrado una fórmula teórica y práctica de organización de la comunidad política, insuperable sociológica, ética y culturalmente. Sin embargo, la dureza de los hechos que se estaban produciendo en Europa –la guerra de los Balcanes–, África –los conflictos tribales de Uganda y Burundi–, y la entrada en la escena política mundial del terrorismo fundamentalista islámico que culminaría con el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001, pondrían de manifiesto la ingenuidad intelectual y existencial de su pronóstico.

Desde el final de la década de los sesenta, los factores de mayor riesgo para el futuro del Estado democrático de derecho se estaban produciendo en el seno de las sociedades europeas y norteamericanas en el terreno moral y cultural de sus costumbres y en el de sus ordenamientos jurídicos. Se cuestionan las categorías antropológicas básicas del humanismo configurado por el pensamiento cristiano y por el de la Ilustración racionalista y liberal del XIX: la dignidad de la persona humana, sus derechos fundamentales, las instituciones del matrimonio y de la familia, que les dan abrigo, la concepción del trabajo, del bien común, de la libertad, etc.

Su impacto sociológico y político se va a notar en el desarrollo de una legislación pro-divorcista y «des-institucionalizadora» de la unión matrimonial del varón y la mujer, unidos en el amor fiel, abierto a la vida de los hijos. Y su ordenamiento jurídico se abre a la legalización de la eutanasia. En manos del poder político queda la definición legal de quién es el sujeto del derecho a la vida. Surge una corriente de opinión política que vacía de contenido al derecho a la libertad religiosa, ignorando o negando su valor en sí mismo. El relevo ideológico lo tomará una corriente de pensamiento débil, agnóstica.

Con el Concilio Vaticano y el magisterio del Beato Pablo VI y San Juan Pablo II hay una renovación de la doctrina social de la Iglesia en torno al valor trascendente de la persona humana. El respeto, salvaguardia y promoción de la dignidad del ser humano constituyen el principio ético y jurídico sobre el que debe girar toda la vida social y la organización de la comunidad política. De ese principio ético-jurídico dimanarán originariamente sus derechos fundamentales acerca de la vida, del matrimonio, de la familia, de las libertades políticas, de los derechos civiles y económicos, sociales y culturales.

Cuando se inicia el tercer milenio de la era cristiana se podía contar con una doctrina social más que centenaria, fundada en el Magisterio pontificio del siglo XX, profundamente renovada: la del derecho natural clásico, puesta al día. Caracterizada por una confianza firme en la razón humana, que en diálogo abierto con la fe puede conocer la verdad del hombre a la luz de la verdad del Misterio de Cristo.

Habermas y Ratzinger mantienen un diálogo, en la Academia Católica de Baviera en Munich, el 19 de enero de 2004. En él comparten una convicción básica: el Estado democrático de derecho atraviesa una situación crítica por razones internas a su mismo sistema, y externas, derivadas del contexto de una cultura global en la que se halla inmersa la humanidad al inicio del siglo XXI. Coinciden en que el futuro de las relaciones internacionales, marcado por el desarrollo socio-económico, cultural y político de «la sociedad mundial», será decisivo para el futuro del «Estado democrático de derecho» (Habermas), o del «Estado libre» (Ratzinger). Para el primero, la solución pasa por encontrar «un procedimiento» que permita un diálogo libre, razonable y pacífico que conduzca a una convergencia responsable y solidaria de los ciudadanos en la admisión y afirmación de los principios de libertad y de solidaridad, junto con los derechos civiles sociales y democráticos sin los cuales es imposible fundamentar un verdadero Estado de derecho. Se trataría de conseguir «una praxis comunicable», que incluya tanto a las mentalidades laicas, formadas en la tradición cultural del pensamiento «ilustrado», como a las concepciones religiosas de la vida, especialmente a las de la tradición cristiana.

Para Ratzinger, resulta imprescindible volver a un reconocimiento objetivo de las premisas fundamentales, lógicas y ontológicas que subyacen a la comprensión del significado del Derecho y del Estado: el derecho positivo, formulado por la legislación humana, no puede separarse de la razón, ni ésta del ser o naturaleza del hombre. El logro de ese reconocimiento implica «diálogo» paciente y lúcido entre las personas y las instituciones, entre la ciencia y la razón, entre la razón y la fe, aunque opina que no hay una fórmula mundialmente válida, racional, ética o religiosa, que pueda unir a todos, para luego ser el soporte del todo.

El progreso del relativismo ético, asentado sobre el principio de la autonomía completa de la conciencia individual, no se ha detenido en la última década. Cuenta con el apoyo intelectual de «la ideología de género» llevada hasta el extremo de una concepción del ser humano que lo reduce a un conjunto celular manipulable, y lo despersonaliza en raíz. La filosofía postmoderna, metafísicamente agnóstica y escéptica de cara a cualquier diálogo con la fe, no ha perdido influencia mediática ni universitaria.

Parece que, en la coyuntura multicultural del momento histórico actual, son muchas y poderosas las fuerzas que están jugando a favor del relativismo ético. Su éxito político, por ejemplo, se puede constatar en las nuevas legislaciones: sobre el derecho de la persona a la vida y su inviolabilidad desde sus inicios en el embrión humano hasta su final natural; o sobre la legislación sobre el matrimonio y la familia. Además, la crisis económica mundial de 2008 empeoró la situación de los derechos humanos en todo el mundo. También ha empeorado el problema de los refugiados desde el verano del 2015.

Parece claramente constatable que «nuestra cuestión» sigue abierta y «los signos de los tiempos» piden, por el bien del hombre y de la sociedad, que se aclare y resuelva teórica y prácticamente en consonancia con la verdad del hombre. Retomar creativamente la vía abierta por el diálogo Habermas–Ratzinger podía ser el imperativo moral de la hora presente para creyentes y no creyentes, científicos, filósofos y teólogos, sobre todo para aquellos que o son titulares o ejercen una responsabilidad personal y/o social al servicio del bien común.

El cardenal Ratzinger, ya Papa Benedicto XVI, a lo largo de sus ocho años de Pontificado, ha vuelto a subrayar el papel de la razón capaz de conocer la verdad, a la par que la fecundidad intelectual de un diálogo fe-razón que posibilite a esta ahondar en el conocimiento de las verdades últimas, y que impida a la fe el no precipitarse en un fideismo irracional, imposibilitado para iluminar el camino verdadero de la salvación del hombre. En la génesis ideológica de lo que califica como «la emergencia educativa», en la que se encontraría la sociedad actual, señala dos raíces muy profundas: «un falso concepto de autonomía del hombre» y «la exclusión de las dos fuentes que orientan el camino humano».

Urge, pues, buscar y practicar el amor en la verdad. «Caritas in veritate».

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