
Editorial: Taurus
Es digno de celebrar el empeño de algunas empresas culturales -- la Fundación Juan Manuel Lara con su premio de Biografía “Domínguez Ortiz”, ya en su décimo-tercera edición, y la Fundación Juan March en su programa biográfico de “Españoles eminentes” por recuperar el patrimonio cultural íntegro de nuestra memoria histórica. La cultura española adolece de un fundamental déficit biográfico, no porque no haya grandes hombres que admirar ni porque aquí “cargue” la individualidad señera, sino por un destino histórico, que viene a expresar el débil carácter civil de nuestra historia, a menudo traumatizada por confrontaciones y luchas intestinas. Nos faltaba, por ejemplo, una gran biografía de Miguel de Unamuno, el primer intelectual moderno en España contemporánea, (al menos, en el sentido cronológico del término), y desde luego, el más famoso y controvertido en una época de grandes y señeras individualidades. Durante años, los estudiosos en su obra o unamunólogos, como ahora se los llama, (feo vocablo, pero no peor, a fin de cuentas, que unamunianos o unamunistas) hemos tenido que recurrir a la biografía de Emilio Salcedo, Vida de don Miguel, (Anaya, 1970), bien acreditada por su rigor y objetividad y contrastada en sus fuentes directas salmantinas, pero escueta en su información por no haber podido tener en cuenta innumerables registros como epistolarios o cuadernos de notas, que ha ido exhumando la investigación posterior. Desde entonces, se han iluminado diversos aspectos y etapas de la vida y obra de Unamuno, y no solo los más llamativos como los primeros meses de la Guerra Civil en Salamanca, gracias en este caso a los trabajos memorables de L. González Egido Agonizar en Salamanca y de C. Feal Deibe en su edición del Resentimiento trágico de la vida, sino igualmente otras etapas de su vida, que han abonado el campo para la gran cosecha final. Nos faltaba, sin embargo, una biografía comprehensiva, y afortunadamente hemos tenido dos en los últimos años, la de Colette y Jean Claude Rabaté (2009) y la de Jon Juaristi (2012), ambas con el mismo título Miguel de Unamuno, y ambas en la editorial Taurus, --dos frutos maduros, cada cual a su modo, que acreditan a la editorial y corroboran el prestigio indiscutible de sus autores. En las últimas semanas he leído conjuntamente ambas obras, saltando de la una a la otra, según los diversos períodos, para mejor contrastarlas y poder degustarlas en sus diferencias.
La obra de los Rabaté se atreve expresamente con el título de Biografía, y lo es, en efecto, y hasta “la que más se aproxima al sentido canónico”, como reconoce el propio Juaristi, que la ha tenido presente para hacer otra cosa, también biográfica en su hilo conductor, pero fundamentalmente de crítica literaria y de muy fina hermenéutica. La lectura de ambas plantea la cuestión de qué deba entenderse por “biografía” y cómo llevarla a cabo. Ya Wilhelm Dilthey había tomado la biografía por “célula germinal de la historia” pues permite condensar en un nódulo individual, altamente significativo, todas las relaciones históricas de una época, y nos advertía de su doble carácter, como obra científica, que traza y despliega el nexo efectivo de una vida individual con su medio histórico-social, en viviente interrelación, y como obra de arte, en cuanto intenta captar el gesto único característico de un individuo, que, a la vez, sea, en algún sentido, cifra significativa de su época histórica. La dificultad de la biografía consiste precisamente en lograr la comprensión de una vida individual, en su personalidad genuina, y a la vez. reconstruir la atmósfera histórica específica, en que se desenvolvió el biografiado. Participa así la biografía de la ciencia histórica, pero no menos del arte del retrato, persiguiendo tanto la identidad narrativa como la expresiva, y de ahí la profunda afinidad entre la biografía y la novela, que bien exploró Unamuno en su obra, como ha señalado Ricardo Gullón en Autobiografías de Unamuno. Yo diría que en la Biografía unamuniana de los Rabaté se percibe más y en primer plano la dimensión de la historia por su estricta objetividad e imparcialidad, que le lleva a renunciar a toda exégesis. Es Unamuno “en sus palabras”, utilizando la expresión que usó Yvan Lissorgues en su gran biografía de Leopoldo Alas Clarín, y, a ser posible, en “todas sus palabras”, aduciendo puntualmente la multitud de textos –obras de creación, autobiografías, artículos, cartas, cuadernos de notas, entrevistas, testimonios diversos-- , que los Rabaté han logrado recopilar y conectar entre sí, en sus múltiples nexos, como quien encaja las piezas de un gigantesco puzzle, según su propia metáfora. La tarea es realmente ardua si se tiene en cuenta el carácter laberíntico de la obra de Unamuno, dispersa además en textos multiformes e innumerables, en una hemorragia de escritura, de quien no sabe ni quiere contenerse, sino vaciarse por entero hasta quedar exhausto. Y hacen bien en recordarlo sus biógrafos franceses, en la forma velada de una queja por el tiempo y el esfuerzo que le han dedicado. “Es tan difícil --dicen-- abarcar la existencia de quien ‘no se acuerda de haber nacido’, de un ser polifacético (..) Es una empresa tan ardua adentrarse en una vida de luchas contra esto y aquello, en busca incesante y dialéctica de ‘su’ verdad, una vida de crisis permanentes, de combates interiores, de dudas y certidumbres”. Añádase a la dificultad del personaje, con muchos pliegues y repliegues, tensiones y contradicciones, la complejidad de más de medio siglo de historia europea, en la crisis misma de la modernidad y en el tránsito del XIX, el siglo de la revolución liberal, al XX, en que con la llegada de las masas a la política comienza a subir la marea de los totalitarismos. Pese a estas dificultades, los Rabaté han resuelto la tarea con un acopio ingente de documentación, criba rigorosa de sus fuentes, encaje coherente de las diversas perspectivas, y exigente celo por la exhaustividad de su relato, a sabiendas de que una biografía es una empresa utópica, condenada a quedar incompleta. Han conseguido, no obstante, una biografía sencillamente “monumental”, en el sentido histórico del término, que quedará por muchos años como referente obligado de la unamunología. Podrá ser superada en detalles parciales, pero muy difícilmente en su arquitectura de conjunto de una sólida composición narrativa. Pero, en esta obra, -- y es mi objeción de fondo— resaltan más los nexos objetivos de situaciones y relaciones, en que se ve inmerso el personaje, que el personaje mismo, que es como su resultante. O dicho en otros términos, predomina la “composición” estructural de la identidad narrativa sobre el “sentido” mismo de la vida. Por otra parte, ya se sabe que no hay modo de hacer una biografía sin reconstruir los diversos contextos históricos.“Por ende –escriben Colette y Jean-Claude Rabaté—hemos resuelto contextualizar los actos y palabras del biografiado, esbozando de vez en cuando el trasfondo histórico con el riesgo asumido de ofrecer una visión reductora”. Se les agradece su sinceridad, pues precisamente en este riesgo incide a veces la obra, utilizando esquemas históricos demasiado genéricos, válidos, sin duda, pero carentes de relieve y de algo tan sutil como la atmósfera histórica. Su fidelidad a la tarea histórica los aproxima en ocasiones a la crónica, como caracterizan al capítulo quinto, -- “crónica de una destitución”--, con un registro tan puntual y minucioso de datos, que la misma densidad de información hace monótona y fatigosa la lectura. Por lo demás, la rigurosa asepsia interpretativa que se han impuesto, como una disciplina de sobriedad, es buen método para contrarrestar las lecturas mitificadotas o desmitificadoras, tan al uso, de Unamuno, pero torna insípida la obra desde el punto de vista hermenéutico y corre el riesgo de que la abundancia de los hechos biográficos diluya el neto perfil del personaje. Creo que la biografía de un intelectual ha de ser, ante todo, una biografía intelectual, es decir, de las crisis, vicisitudes y argumento interno de la vida del pensador, y tal comprensión histórica no es posible sin poner en juego hipótesis interpretativas. Para decirlo brevemente, a la “monumental” biografía de los Rabaté le falta la dimensión artística del retrato. Su opción extrema objetivista lo ha eliminado de antemano.
En cambio, la obra de Jon Juaristi se ha propuesto justamente trazar una semblanza narrativa de Unamuno, en un diálogo con el modelo en que resultan esbozadas, como en todo retrato, dos almas. Como bien dice, “el ‘músico callado contrapunto’ de la lectura prolongada equivale a una conversación en cadena perpetua”. Y en verdad hay más lectura directa, convivencial, de Unamuno que investigación documental, aun cuando ésta no falte, y hasta sorprenda de vez en cuando. Pero Juaristi no pretende ser exhaustivo, sino intensivo. Fundamentalmente se trata de una obra hermenéutica, al filo del desarrollo biográfico de la vida de Unamuno, y, sobre todo, la obra artística de un escritor, (me refiero, claro está, a Jon Juaristi, pues de don Miguel es ya consabido). Esto no significa que le falte sentido histórico, pues en ocasiones se muestra muy exigente en que no se le cuele ningún dato de ficción en la historia narrativa, pero, sin desatender a los hechos biográficos, y como traspasándolos intuitivamente, busca encontrar el trazo enérgico para retratar en cada etapa a su personaje. Su fórmula narrativa se basa –dice-- “en recurrir a la propia experiencia biográfica para saber qué es pertinente contar del biografiado y cómo hacerlo”. Curiosamente ésta es, dicho sea académicamente, la regla de toda hermenéutica, pues no hay comprensión de otra vida que no parta de una inteligente autocomprensión, que proporciona las claves básicas de lectura. No es cuestión de simpatía personal, pues, a la postre, por muchas afinidades que se tengan con Unamuno, éste acaba siendo ‘cargante’ por su extremado egotismo, sino de aquella otra empatía, que pone en comunicación dos vidas sobre la base “de la conexión y el sentido –dice Dilthey- que se da en el vivir propio y que se ha experimentado en innumerables casos”. Es esta experiencia de la vida la que se convierte en canon hermenéutico selectivo. Juaristi acierta al decirlo:”ante el reto de escribir una biografía, sabe (el autor) que no todo lo que el sujeto dice de sí mismo o lo que cuentan de él tiene que ser necesariamente incluido en aquélla, y que se debe hacer un uso prudente y selectivo de la documentación acopiada”. Como exégeta, Juaristi sabe encontrar la “media distancia” del hermeneuta que se opone tanto a la mitificación como a la continua sospecha. Unas veces son los hechos los desmitificadores como ocurre en el asunto de la prisión de Valentín Hernández por un artículo escrito por Unamuno, que ahora se desentendía del asunto con una vaga promesa de colocación al encarcelado, o bien sus coqueteos epistolares con dictaduras pretorianas en Latinoamérica con su intención de convertirse en líder de un regeneracionismo panhispánico. Otras veces, es la ambivalencia de su figura o su exceso egotista o su histrionismo los que reducen el personaje a sus verdaderas dimensiones, o, en fin, la simple constatación del hiato entre sus ambiciones desmesuradas y sus parcos resultados. “En la cuestión social –ironiza Juaristi—sus propuestas consiguieron un éxito comparable. Fue en su tiempo, cono en el caso de la religión, el reformador con mayor audiencia y menores resultados prácticos”.
En este retrato unamuniano, que resulta ser indirectamente trasunto de su propio autor, Juaristi ha resaltado dos trazos característicos, -- el literario y el político--, que son acordes, por lo demás, con el propio estilo del personaje como escritor/intelectual, empeñado en la causa del regeneracionismo. Por supuesto, no son todos los trazos y faltan algunos significativos para comprender a Unamuno en cuanto pensador, perfil que Juaristi pasa por alto en su semblanza para atender fundamentalmente al escritor. Está en su derecho. El retratista es libre para seleccionar los rasgos de su modelo y elegir su enfoque. Cierto, pero si se adopta una perspectiva hermenéutica, no se puede dar una explicación clínica de las crisis intelectual de Unamuno en términos patográficos, como crisis de ansiedad, en lugar de una comprensión del modo en que la vivió, sintió y entendió el biografiado. La ansiedad explica el síndrome, pero no el sentido biográfico de la experiencia. Pero, ya digo, que Juaristi se desatiende del pensador, --filósofo trágico--, en atención al escritor. Unamuno queda así caracterizado en su semblanza como un liberal radical al estilo del sexenio revolucionario,-- republicano federalista al comienzo, abierto a problemas sociales, y, a través del intermedio socialista y antimilitarista, republicano unitarista al final--, que se aleja progresivamente, por su nacionalismo intrahistórico, de los movimientos de izquierda. Está muy bien vista y analizada su relación bastante ambigua y contradictoria con el nacionalismo vasco, --ambiente histórico/cultural que Juaristi recrea de mano maestra. Es también digno de mencionar el análisis de la postura de Unamuno en la etapa de la Dictadura militar, en antítesis obligada y radicalizada con el regeneracionismo primorriverista, que tanto mimetizaba al suyo, lo que le resultaba a don Miguel literalmente insoportable. Y me parece muy certera la hipótesis de que, desconcertado Unamuno en la II República y descontento de unos y otros, retornara a un liberalismo puro (palingénesis), “en salto atrás” hacia el doceañismo de sus antepasados, “ por encima de la interpretación populista de aquel legado, es decir, por encima del avatar socialista (el del socialismo como corolario lógico del liberalismo) y de las visiones intrahistóricas”. Es también muy fina su penetrante visión de un Unamuno trágicamente desesperado en los primeros meses de la guerra civil, a quien su catolicismo implícito o residual y su nacionalismo intrahistórico, (y no menos, --pienso--, su obsesión compulsiva contra Azaña), lo impulsan a tomar partido por los militares, pretendidos (pseudo)reformadores de la República. El análisis de la fotografía de Unamuno tras el escándalo de su discurso, el doce de octubre de 1936, en el Paraninfo de la Universidad salmantina, al pie del coche que lo iba a llevar a su casa, es fino y sugerente. Los falangistas que saludan brazo en alto en torno a su figura, --dice-- no parecen gritar sino cantar. Pese a sus protestas contra el fajismo, Unamuno se sintió arropado por los falangistas, que lo querían atraer a su partido nacional y, sobre, todo, por el mismo Franco, del que siempre habla bien o, al menos, simpatéticamente (¡pobre Franco!), y de ahí la insolencia con que podía expresarse en sus cartas, seguro de que él, el dictador, no consentiría que se le tocase ni un pelo. En suma, Juaristi nos ofrece la imagen de un Unamuno, no tanto agónico, como suele creerse, sino lleno de ambigüedades, con luces y sombras, y con bastante recámara o reservas.
Pero, aun siendo muy valiosos los análisis políticos de esta obra, no les ceden en valor los literarios, en rica lectura intertextual, brillante y sugerente. Hay hallazgos originales, discutibles, pero siempre sugestivos. Ver, por ejemplo en Paz en la guerra una parodia de Amaya, con “ su cañamazo mítico, análogo al del Ulyses de Joyce”, “más lírica que épica a pesar de su asunto, tan deudora del simbolismo como del realismo”, o Recuerdos de infancia y mocedad como un tratado implícito de etnografía infantil, o Amor y Pedagogía, en “plena consolidación de la narrativa modernista”, en cuanto amarga sátira de la educación positivista con enorme potencia simbólica. “No es difícil intuir –dice-- en el ‘cerebralismo inducido de Apolodoro, incluso en su mismo nombre (en la tradición clásica, Apolodoro encarna al puer senex, el niño envejecido por el saber) una metáfora por inversión de la enfermedad de Raimundín, cuya idiocia se refleja en la confusión mental del desdichado discípulo de don Avito”. O bien, lo que resulta provocativo, tomar la Vida de don Qujote y Sancho por un “ manual de lectura nacionalista, no escolar. Un Cuore español para adultos”. Y, sobre todo, encuentro magistral su interpretación de los apuntes del Resentimiento trágico de la vida”, como un poema “ modernista”,“un enorme poema trágico, el gran poema de la guerra civil española”.
Sí, ha sido una gran suerte, para los unamunólogos y para el público culto en general, poder disponer de dos biografías de Unamuno opuestas en su concepción, pero complementarias, -el sólido armazón narrativo y el gran acopio documental de la de los Rabaté con la semblanza fina y sugestiva de la de Jon Juaristi. Opuestos son también sus estilos mentales respectivos: analítico y preciso, clarificante, el de los Rabaté, pues no hay ningún punto crítico de la biografía de Unamuno sobre el que no aporten una sólida base de esclarecimiento, con una investigación a la altura del gran hispanismo francés, con el que, --dicho sea de paso-- tiene contraída la cultura española, desde hace años, una deuda impagable, e incisivo y provocativo el estilo de Jon Juaristi, de un aquilatado modernismo, con brillantes intuiciones, osadas hipótesis de lectura y rasgos de fino humorismo. Precisamente con un golpe de humor descabalga Juaristi con frecuencia el signo trascendental que Unamuno solía dar a sus gestos y actitudes; así, por ejemplo, desnuda de todo énfasis la muerte repentina y prosaica de Unamuno en conversación con el joven Bartolomé Aragón, al amor de la mesa camilla, una fría tarde invernal de 1936. Ciertamente, los unamunólogos se han quedado sin saber, -- por seguir su broma--, si era izquierda o derecha la zapatilla de Unamuno, humeante en el brasero a la hora de muerte, porque sus biógrafos –cabe ironizar-- no afinan lo suficiente en este punto, pero han cobrado una imagen más completa y veraz de aquel gran escritor que se creyó,--¿ilusión alucinante o identificación romántica con su pueblo?—cifra de la España de su tiempo Después de estas dos biografías, Unamuno ha cedido en su categoría de mito al cobrar más verdad histórica, y, si se prefiere, más verdad existencial, pero no deja de ser un símbolo de muchas cosas, y, lo que siempre queda, un gran escritor, con una palabra viva, como la de los poetas, preñada de todos los géneros literarios, y con un gesto heroico, entre extravagante y alucinado.
Granada, abril de 2013.