El Rincón del Académico

10/06/12

Alfonso López Quintás

El poder humanizador de la música

 

El propósito de este artículo es mostrar el sorprendente poder formativo que alberga la experiencia musical cuando la vivimos de forma creativa, como un modo de encuentro con las obras, los autores, los estilos, las épocas... La contemplación estética adquiere, así, el valor de una re-creación, un recuerdo vivo de las obras y de los estilos que ellas reflejan. Toda interpretación auténtica es una verdadera creación de la obra, no una mera repetición; es un recuerdo, en el sentido original de retorno a la existencia. “Recordar es vivir”, escribió certeramente Miguel de Unamuno. El verbo “recordar” procede del sustantivo latino “cor, cordis” (corazón). Recordar es pasar por el corazón, tener la corazonada de traer algo nuevamente a la existencia. No sin razón, los franceses y los ingleses interpretan el saber de memoria como un saber cordial (“par coeur”, “by heart).            

Por fortuna, en la actualidad se cultiva profusamente la música. En los centros escolares se dedica creciente atención al aprendizaje musical. Las instituciones públicas incrementan de día en día las posibilidades de asistir a conciertos de alta calidad. En numerosas autonomías se han creado orquestas y coros que nos sorprenden a menudo por su perfección técnica. Pero, de ordinario, apenas se repara en algo decisivo para nuestro desarrollo como personas: el poder formativo que alberga el arte musical. Con frecuencia se lo reduce a un fabuloso medio de diversión, de halago sensorial y psicológico, de refinamiento del gusto. No debe ignorarse que, además de eso y en un nivel superior, la experiencia musical puede contribuir eficazmente a nuestro crecimiento y maduración como personas.

En fila india, los miembros de una pequeña tribu del Alto Volta se alejan de su aldea para mejorar su suerte. Caminan, exhaustos, sobre una tierra resquebrajada por la sequía. De repente, el jefe empieza a musitar una melodía en una flauta de fabricación casera. Con ello, el abatimiento se convierte en  buen ánimo, y todos prosiguen la marcha con renovado brío.

En la película La misión, un misionero se adentra en la espesura de un bosque. Al llegar a un claro, saca de su funda un oboe y toca una melodía. Súbitamente, de la profundidad de la selva salen grupos de hombres armados con lanzas. Pero no vienen en son de guerra, sino gozosos, pues el hechizo de la música los ha cautivado y ven al misionero como un portavoz de la belleza y un heraldo de alegría y de paz. Esta obra tiene como protagonista singular la música, vista como medio privilegiado de comunicación entre los hombres.

Beethoven afirma en su testamento de Heiligenstadt que, gracias a la virtud y el amor a su arte musical, no recurrió al suicidio como salida a la desesperación[1]. ¿Qué enigmático valor tiene el arte para elevar el ánimo de esa forma tan eficiente?

La película El camino al paraíso nos muestra a un grupo de mujeres sensibles que, en el horror de un campo de concentración, formaron un coro. Un día, a punto de iniciar un concierto, los guardianes son alertados y acuden precipitadamente a la carpa en que se hallan las mujeres y sus compañeras de infortunio. Se teme una represión brutal. Pero, justo en el momento de irrumpir en la improvisada sala, suena el primer acorde del Adagio de la Sinfonía del nuevo mundo, de Antolin Dvorak. El encanto de la armonía retuvo a los guardianes y los adentró en un mundo de belleza polarmente opuesto a la sordidez extrema de la vida carcelaria. Sobrecoge advertir que la aparición de lo bello en estado puro pueda transformar la actitud de personas de corazón al parecer endurecido.

¿De dónde arranca este poder transfigurador de la música? Del poder que tiene para elevarnos al nivel de la creatividad. En la soledad del campo, un pastor construye una flauta y llena sus horas tocando sencillas melodías. No pocos piensan que esta simple actividad musical se reduce a pura distracción. Vista con hondura, la música distrae porque es un juego creador. Al serlo, supera inmensamente el carácter de mero pasatiempo. 

 

[1] Una traducción completa de este Testamento puede verse en mi obra Poder formativo de la música. Estética musical. Rivera editores, Valencia 2010, 2ª ed., págs. 300-302.

 

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