El Rincón del Académico

02/04/12

Ricardo Sanmartín Arce

Mapa y Territorio

 

 

Podemos tomar el mapa de Madrid y buscar como podemos ir a la Real Academia desde el punto en el que situemos el inicio del trayecto. Pero, si queremos llegar, tendremos que movernos en el espacio real y consumir tiempo y energías para lograrlo. No es lo mismo el mapa que el territorio. Solo los niños ponen el mapa en el suelo y caminan sobre él como en un juego. Esto, que es tan obvio, lo olvidamos y confundimos con frecuencia ambos términos. El dislate no tendría mayor importancia si solo fuese un juego de niños. Y cierto es que la vida tiene un lado lúdico que solo la inocencia y la sabiduría comparten, pero más acá o allá de tan benditos extremos, no parece sensato jugar con las cosas de comer, sobre todo cuando hay tanta hambre, y siempre la hay de todo cuanto es bueno para el hombre, que no solo de pan vive. Por eso preocupa observar en medio de una crisis tan extensa como la que sufrimos, que ambas cosas se confundan, tanto en el ámbito del diagnóstico como en el de la proposición de medidas económicas y políticas para superarla.

Mirar mapas o construir símbolos y representar cuantos extremos de la vida valoramos es, sin duda, una acción racional y muy útil en la que todos estamos interesados. Ocurre que no todos partimos del mismo punto en el territorio, aunque a grandes rasgos se desee realizar un camino de características similares para alcanzar un punto de llegada parecido. Según la distancia entre partida y llegada cambia la escala para que el tamaño del mapa quepa en el campo visual de nuestras posibilidades. Hay, obviamente, mapas de muchos tipos según el propósito de la cartografía, según la valoración de cuanto cabe esperar que irrumpa en el trayecto, según las metas de los viajeros, sus necesidades, deseos y posibilidades. Al comparar distintos mapas de un mismo territorio destacan las diferencias en símbolos y trayectos, pues todo cuanto en ellos se categoriza responde a la dispar valoración de lo que estima relevante en el territorio quien elaboró el mapa. Categorizar territorios y construir mapas no es una tarea tan neutra como pudiera pensarse. No hay cartografía independiente de valoraciones ni valoraciones universales independientes del tiempo. No es que todo sea relativo, sino que todo es concreto. Lo universal nos sirve como mapa para alcanzar los propósitos que no tenemos más remedio que encarar al vivir en el territorio.

Hace muchos años que expertos economistas han probado con acierto que nuestra economía es poco competitiva dada su pequeña productividad, y ésta, a su vez, falla en gran medida por la debilidad de la educación de los actores, su escasa creatividad e innovación. Este encadenamiento negativo de condiciones se ha señalado repetidas veces y sigue siendo necesario insistir en el diagnóstico. Es más, con precisión se ha destacado que el lastre educativo no pesa solo por una carencia de conocimientos sino, más bien, por su calidad y, más que debido a los contenidos, la razón estriba en la ausencia de valores adecuados y en no haber adquirido habilidades y destrezas necesarias. La mala productividad no solo afecta, pues, a nuestras empresas, sino también a los servicios educativos, desde la guardería a la universidad. Hay, sin duda, que mejorarla. Pero ¿cómo apreciamos cada merma y cada logro? ¿cómo hacemos el mapa para recorrer bien el trayecto sobre territorio y tiempo reales?.

Si manteniendo la producción reducimos el empleo, o si disminuimos el Coste Laboral Unitario por reducir los salarios, automáticamente mejorarán los indicadores de productividad. También mejorarán los indicadores de gasto (¿por qué no inversión?) educativo si escolarizamos más alumnos por profesor o si terminan más alumnos sus estudios gastando menos recursos. Ocurre como en las empresas: Si logramos el mismo producto con menos coste, habremos mejorado la eficiencia económica... ¿Seguro?.

¿No volvemos a confundir mapa y territorio, el indicador con la cosa cuya estimación pretendemos expresar? Siempre pensé que la eficiencia productiva era una cualidad del proceso productivo en su conjunto y que los indicadores son tasas, proporciones entre cantidades con las que quien mide cree que así se acerca a la cualidad que pretende explicitar de un modo más manejable. Somos tantos y tan diferentes que, si no acordamos índices cuantitativos homologados será difícil que nos entendamos. Pero eso no es sino un fruto de valorar la comodidad de la comunicación y de rendirse antes de ahondar en las causas de los fenómenos; es fruto de la prisa en plasmar sobre el papel resultados que pueden compartirse entre los profesionales, que así acaban acostumbrándose a trabajar con índices como si trabajasen con la realidad. A ella se acercan solo mediante la distancia detectora de los indicadores, y si bien toda distancia ayuda a verlos con frialdad y a percibir mejor su forma, dificulta no obstante la comprensión de la densidad real del problema. Se piensa que otra forma de medir es inviable para la escala tan enorme en la que se mueve una economía y una política que se escapan del corto horizonte de las personas reales y, sin embargo, el estudio cualitativo de casos ayudaría.

También las administraciones públicas, y no solo por la educación, tendrán que mejorar su eficiencia. Y a ello se han aplicado nuestros gobernantes con la mejor de sus intenciones. Cálculos, cifras, proporciones, horario laboral, que todo quede bien explicitado sobre el papel para facilitar su prueba ante las instituciones nacionales e internacionales, para poder tomar decisiones sobre índices concretos, y siempre con la misma obsesión por reducir costes con el fin de mejorar resultados contables. No negaré que muchas reducciones eran necesarias, sobre todo ante el enorme despilfarro en corrupción que a todos nos tiene indignados. Pero ¿no es la productividad de los servicios una cualidad, no una cantidad ni una proporción entre cantidades? ¿No caben otras medidas aunque no sean cuantificables? ¿Cuánto tiempo se pierde en la repetición de trámites por la información dispar según oficinas de un mismo servicio, por la falta de exhaustividad en todas ellas, por la mala calidad de los programas informáticos con los que se comunican entre sí y con los usuarios de la administración? ¿Cuántas energías se pierden por la rígida homogeneidad de las normas ante la disparidad de casos concretos? ¿Quién ha estudiado la circulación interna de los documentos? ¿Por qué se repiten las peticiones de informes y copias en vez de acudir a un banco de datos que agilice todo? Todo esto obedece a la carencia de habilidades y destrezas, a la valoración del quantum frente a los qualia, de la comunicación del mapa explícito frente al territorio analógico de la vida. No propongo solo mejorar los índices detectores sino reconocer en ellos el peso invisible de una concepción cultural de las cosas. Por eso creo que los valores sí que influyen en la economía.

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