El Rincón del Académico

10/01/12

José Ángel Sánchez Asiaín

La innovación en España

Enero 2012.- La innovación es, para la Economía, la consecuencia del “cambio técnico”. Un cambio que ocurre cuando se aprovecha un aumento de conocimiento para obtener mayor valor de la producción mediante una mejor combinación de los factores capital y trabajo. Fue el premio Nobel de Economía Robert Solow, quien en 1956 evidenció que el crecimiento de la economía de Estados Unidos, en los cien años anteriores, se debió nada menos en un 80% al “cambio técnico”. Y en 1966, el también premio Nobel Simon Kuznets, decía que “la característica distintiva de las sociedades desarrolladas modernas es su éxito en aplicar el conocimiento sistematizado a la esfera económica”, lo que lleva al crecimiento sistemático de la “productividad total de los factores”. Ahora, después de cuatro años de crisis, es imperativo preguntarnos qué estamos haciendo, y qué deberemos hacer en España, para que esta situación sea también una característica de nuestro país.

La Historia da fe de que lo hecho en el pasado en nuestro país a este respecto ha sido muy poco, incluso en fechas relativamente cercanas. El mejor indicador disponible para calibrar esta cuestión y, también para hacer comparaciones internacionales, es el gasto total en I+D. En 1964, primer año de estadísticas oficiales, este gasto equivalía en España al 0,10% del PIB, y veintiún años más tarde, cuando estaba a punto de publicarse la Ley de la Ciencia, todavía no superaba el 0,5% del PIB, cuando la Unión Europea de los quince ya invertía el 1,86%.

Esta realidad histórica pesa todavía mucho en nuestra cultura, y esa es la razón de que haya pasado inadvertida para la sociedad española la gran transformación experimentada en las dos últimas décadas, cuando la dedicación española a la I+D empezó a crecer a ritmos más que notables. Porque desde 1994, y hasta la llegada de la crisis, las tasas anuales de crecimiento fueron siempre superiores al 10%, y las del esfuerzo empresarial llegaron algún año al 20%. De tal manera que, en 2008, el gasto total era ya de 14.700M€, alcanzando el 1,39 del PIB de aquel año. Un crecimiento muy importante, pero que nos coloca en un nivel que es menos de la mitad de las imprescindibles para conseguir la competitividad de una economía como la nuestra.

No hay dudas de que el límite que hemos venido teniendo en este crecimiento, ha sido debido a la estructura de nuestro tejido productivo, que sigue siendo notablemente anacrónica para el mundo en que vivimos. Anacrónica porque, como es sabido, nuestro tejido integra muy pocas empresas grandes y, además, se caracteriza por un excesivo peso de sectores que generan poco valor añadido. Y las razones “últimas” que justifican esa realidad, hay que buscarlas en las mismas características de nuestra sociedad. Es decir, en el hecho de que nuestra preocupación por hacer del conocimiento una fuente de riqueza y bienestar, que eso es la innovación, ha estado en España lejos de las aulas, lejos del legislador, del administrador público y, en general, lejos de nuestra sociedad. Casi podría decirse que ha sido ignorada.

A esta situación ha ayudado, y mucho, nuestro sistema educativo, en el que tradicionalmente ha primado la transmisión de conocimientos, frente al fomento de las habilidades, que son las que permiten su aplicación para crear valor. Unas habilidades estas, absolutamente necesarias para que existan más emprendedores que capten las oportunidades de negocio que les brinda su conocimiento. Para que los empresarios sepan utilizar ese conocimiento. Para promover e instrumentar cambios innovadores y necesarios, para que la investigación española ponga más énfasis en la aplicabilidad de sus resultados. Y para que los trabajadores sean capaces de aplicar en sus puestos de trabajo los conocimientos adquiridos.

Pese a esta realidad, no podemos olvidar que durante la pasada década se fue produciendo, poco a poco, una cierta capacidad para crear y utilizar conocimiento con fines económicos. También para diseñar y gestionar la política de innovación en algunas empresas y en algunos centros públicos de investigación. Y ello es lo que nos ha permitido crear un verdadero “sistema de innovación”. Ciertamente pequeño, porque sus empresas son todavía pocas. Y, desde luego, se encuentran muy lejos del tamaño que sería necesario para que sean el motor de competitividad que nuestra economía necesita. De un total de millón y medio de empresas con empleados en nuestro país, no tenemos más que unas quince mil empresas sólidamente innovadoras, ni más de un millar de grupos de la investigación pública, que puedan colaborar con ellas, cuando es fácil demostrar que, en nuestro caso, serían necesarias más de cuarenta mil. Pese a ello, es una realidad que este pequeño sistema de innovación funciona razonablemente bien, y es una realidad que, aún en estos momentos de dura crisis, esos empresarios innovadores siguen manteniendo el gasto corriente en I+D de sus empresas. Sin duda, porque ya consideran la actividad innovadora imprescindible para su negocio. Sí han reducido, y de  forma considerable, sus inversiones para mejorar su capacidad de I+D, que son las que garantizan una mayor competitividad futura. Por otra parte, no hay que olvidar que, entre 2008 y 2010, una de cada tres empresas entre 10 y 49 empleados que tenían actividad de I+D interna, la han abandonado.

A partir de esa realidad, lo que cada vez está más claro es que, en estos momentos de gran incertidumbre sobre el final de la actual crisis, no podemos seguir dejando caer nuestra incipiente capacidad de innovación, porque cuando esa crisis será superada, será “la única” base sobre la que vamos a poder construir una economía capaz de competir en el nuevo escenario mundial. Es por ello absolutamente necesario mantener y promover a toda costa la capacidad de innovación de nuestros sectores tradicionales. Unos sectores que, por otra parte, y en estas difíciles circunstancias, están jugando un magnífico papel internacional, sólo justificado por su oferta innovadora. Porque hoy en su mayoría son pymes. Y cuando crezcan serán la mayor fuente de empleo y de productividad. Tampoco podemos abandonar a los investigadores españoles, que ya están contribuyendo a la ciencia mundial, y que cada día están más cerca de la empresa. Y desde luego, es claro que no podemos renunciar a formas más atrevidas de fomento de la innovación, porque nuestros empresarios han demostrado ser capaces de aceptar los compromisos que los nuevos instrumentos les han exigido. En todo caso, lo que no podemos olvidar que nos estamos jugando el futuro a la carta de la innovación. Recordemos a Robert Solow y a Simon Kuznets.

 

 

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