El Rincón del Académico

05/12/11

Marcelino Oreja Aguirre

Europa ante la crisis de valores

Diciembre 2011.- La crisis de valores que caracteriza nuestra sociedad posmoderna requiere una atención especial, tanto desde el punto de vista histórico y sociológico, como jurídico y ético.

Los valores deben fundarse en principios y acrisolarse socialmente en forma de virtudes ciudadanas; de lo contrario, cuando solo se sustentan en meras convenciones sociales, ellos mismos se “devalúan”, se pervierten y la comunidad política enferma termina por derrumbarse. Por eso, solo un marco de principios, permitirá superar la profunda crisis moral en que nos encontramos. No nos engañemos, la crisis moral es el telón de fondo de aquello que nos afecta directamente: el derrumbe de nuestra economía, la sinrazón de nuestra política y la disolución de la convivencia social. La crisis moral es el gran tema de nuestro tiempo, el supremo reto que hemos de abordar con el fin de legarle a las generaciones futuras un mundo más justo, libre y solidario.

La regeneración global ha de estar basada en principios y valores anclados en la verdad. Una verdad capaz de transformar las estructuras económicas y políticas, y de forjar el bienestar integral de la humanidad. Para que esa verdad se materialice en la vida pública hemos de apelar a los principios que son, a su vez, preceptos o verdades básicas que nos sirven como punto de partida y actúan como razones últimas. Estos principios son verdades evidentes que nos obligan universalmente y son inmutables, unen en el mismo bien común a todos los hombres en todas las épocas de la historia. Ahora bien, si el principio es un punto de partida, el valor moral vendría a ser la manera en que se observa ese punto de referencia conforme el hombre recorre su camino vital. El punto de partida no cambia. El ser humano lo busca en la creación, en Dios, en la verdad filosófica, en el absoluto trascendente o en las ideas innatas. El valor, por su parte, es la percepción social de esa verdad. Por eso los valores pueden cambiar. Así, el principio de justicia es una verdad que nos dice que hay que dar a cada uno lo suyo. El valor es la percepción social de esa verdad, la materialización del principio en un caso concreto y bajo una ley peculiar. El valor solo alcanza su plenitud cuando se mantiene fiel al principio, cuando refleja en la sociedad la verdad objetiva que mora en la esencia del principio. El valor, cuando así es concebido, es absoluto y permanente.

De lo contrario, si se aleja de las verdades objetivas y naturales, se pervierte, es atrapado por la impetuosa corriente del relativismo. Se produce, entonces, un desquiciamiento de los valores. De esta manera nacen los antivalores, los valores negativos, los sucedáneos de la verdad. Lo verdadero se convierte en falso y lo falso es elevado a opinión pública.

Nuestra época es una en la que se pisotean los valores morales y se impone una nueva ética soliviantada por el consenso. Urge, por eso, que los valores vuelvan a fundirse con los principios. Es preciso que reconozcamos que los valores, para influir y transformar la sociedad, han de ser respetuosos de las verdades que iluminan una convivencia fecunda y trascendente. Sólo si los auténticos valores se plasman en virtudes, es decir, en acciones concretas en la vida diaria, es posible luchar por una regeneración en la sociedad. Los auténticos valores, aquellos que se basan en la verdad, pueden y deben convertirse en el centro de la regeneración democrática de España y Europa. Existe una verdad objetiva, natural, perfectamente cognoscible a través del logos. Los valores deben de liderar una auténtica revolución democrática basándose en la verdad. Europa se ha nutrido de unos valores concretos a lo largo de los siglos. Occidente es la hechura de los valores cristianos que proclama la igualdad de los hombres, la primacía de su dignidad, la existencia de derechos universales, la libertad como sistema de vida y la necesidad de respetar y promover el imperio de la ley y la justicia.

La Europa del siglo XXI debe construirse sobre principios sólidos enraizados básicamente en dos tradiciones: la judeocristiana y la grecolatina, matizadas por la Ilustración. Cercenar una de estas herencias es tanto como mutilar Occidente. Son los valores de estas tradiciones, los que configuran el depósito de la herencia europea, un depósito abierto a la influencia positiva de otras civilizaciones sin que por ello sea preciso renunciar a los principios inamovibles sobre los que fundamos nuestro modo de vida. Europa es un continente abierto, capaz de rescatar lo mejor de todas las culturas del orbe. Sin embargo, solo podemos hablar de la existencia de Europa si reconocemos a su vez que hay un conjunto de valores sobre los que se apoya la unidad estructural de nuestro continente. Europa no se entiende sin libertad. Europa no se comprende sin solidaridad, sin el respeto a la ley, sin una democracia de valores, o sin un política de la verdad.

Si queremos descubrir los valores, tenemos que ir a la esencia de las instituciones. Y las instituciones también están formadas por personas. Redescubramos, entonces, a las personas, no nos quedemos solo en los procedimientos, en los mecanismos, en las formalidades. En mi opinión, Europa necesita más que nunca fijar su mirada en quienes pueden considerarse sus “padres fundadores”. Y esto es así porque una sociedad que no se apoya en valores comunes, en convicciones compartidas, no puede desarrollar un sistema institucional que le dé la estabilidad que toda comunidad política requiere. Los valores otorgan unidad, coherencia, posibilidad de destino. La conocida frase de Jean Monnet apunta en la misma dirección: "nosotros no unimos Estados; unimos personas". Y hablar de persona es hablar de trascendencia. Sin una apertura a la trascendencia, nada tiene sentido: las personas se aíslan, las comunidades se desvanecen, el bien común se diluye. Como bien señala Benedicto XVI en su encíclica Caritas in veritate (núm. 78): "Sin Dios, el hombre [Europa, podemos decir nosotros] no sabe dónde ir ni tampoco logra entender quién es".

Solo los valores salvarán la síntesis europea. Los valores crearon Europa y los valores la mantendrán en tierra firme. Europa, España, enraizada en los valores, continuará aportando a la especie humana su sabiduría y su espiritualidad. Adentrémonos de nuevo en los principios de las tradiciones judeocristiana y grecolatina, que fueron las verdaderas fuentes de inspiración de nuestros padres europeos. Esforcémonos por transmitir una cultura que se oponga al relativismo posmoderno y al posibilismo oportunista. Soñemos con un mundo mejor, no basado solamente en los avances técnicos y en las revoluciones científicas sino en el comportamiento ético de las personas, en el hallazgo del camino verdadero, en la trascendencia que a todos nos une en pos de un horizonte común. Y hagámoslo por la senda de los principios, por el largo y valiente sendero de los valores que construirán la Europa de la globalización.

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Marcelino Oreja Aguirre

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2011 Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.