El Rincón del Académico

19/06/13

Ricardo Sanmartín Arce

El strip-tease del Emperador

No es que esté desnudo, es que cada vez lo está más. El viejo cuento del traje nuevo del emperador, tan versionado desde el Infante D. Juan Manuel a Cervantes o Andersen, con el que se caricaturiza en muchas tradiciones el  contraste entre la verdad de los inocentes y la interesada mentira de quienes temen al poder por esperar sus beneficios, puede servir de imagen interpretativa para diagnosticar una buena parte de nuestro tiempo. No solo los aduladores se apresuran con sus saludos, antes de que venza cada legislatura, como hacían antaño los pordioseros a la puerta de la iglesia; también los asesores, secretarios, intermediarios de élite, ejecutivos globales y expertos escrutan su perfil ante las cámaras o en la letra negra de las noticias tras estrechar la mano del poder, cuidan que sus consejos no contraríen a quien les puede retirar el encargo, vigilan la talla de su propio tamaño, el gesto de su imagen en el espejo de Narciso que llevan puesto y, con un mohín competitivo, concluyen satisfechos con el balance: “todavía hay clases y estamos donde nos corresponde”.

Están cerca del poder pero a distancia del problema en el que se supone son expertos para, de ese modo, no perder la frialdad requerida ante el olor acre y dulzón de la pobreza, ante la brutalidad del desahucio, la indignidad de la estafa o el desamparo de la irregularidad y la enfermedad. Esos personajes encarnan aquella figura que Ortega calificaba de “prototipo del hombre-masa”[1], “hermético y satisfecho dentro de su limitación”[2], marcado por “esa condición de 'no escuchar' […] que […] llega al colmo precisamente en estos hombres parcialmente cualificados. Ellos simbolizan […] el imperio actual de las masas, y su barbarie es la causa más inmediata de la desmoralización europea”[3]. Pero se trata de una forma peculiar de no escuchar. Ortega ya reconoció, mucho antes de la existencia de Internet, la cualidad de “gigantesco hecho” que tenían “los nuevos medios de comunicación […que] han aproximado los pueblos y unificado la vida en el planeta”[4]. Sin duda, así logramos más información, pero –como ya se daba cuenta Ortega– “esa información tan copiosa se compone de datos externos, sin fina perspectiva, entre los cuales se escapa lo más auténticamente real de la realidad”[5]. Nunca ha sido fácil regir o gobernar, pero tampoco es inteligente intentarlo sin escuchar ni buscar la razón en el seno de la crítica, o empecinándose en mantener la imagen frente al espejo del propio círculo.

Como en el cuento, sigue siendo sorprendente que el miedo y la falsedad resulten tan eficaces y todos, salvo los inocentes, convengan en dar por válida la  mentira que conocen, con tal que la sutil tela de una educada apariencia cubra la desnudez de la verdad. De la cuna al cargo, se va tejiendo el traje con los fieles hilos de la amistad y los legales de las normas, de gran solidez a pesar de su invisible transparencia. Sin duda, no hay juego sin reglas. Pero no todos tienen las mismas cartas, ni estas se han repartido al azar y desde una posición de igual oportunidad. “¡No hay derecho!”, gritan, cuando no hay justicia, aunque haya reglas y normas. “No somos omnipotentes”, responden, “no podemos cambiar toda la historia, ni el reparto de las cruces. Que cada palo aguante su vela”...

Pero las normas y las reglas se hacen, unos las hacen más que otros, y esos más que las fabrican tendrán que escuchar la desesperación de los innovadores para no quedarse con todas las cartas pero sin jugadores. Los solitarios son muy aburridos, y el espejo de Narciso solo devuelve la propia imagen. Ese cierre con la imagen acostumbrada del propio grupo crea la fractura y la sordera que Ortega veía en el especialista hombre-masa, fractura que se suma a la que separa al inocente y a los sastres de todo emperador. El estilizado mundo de la profesionalidad y eficacia –premiada con bonus e incentivos– anclado en un éxito incólume ante el fracaso que provoca al otro lado de la cuenta de resultados, salvaguarda esa fe que no se reconoce como tal frente a los hechos de la crisis que se empeña en durar. Al mirarse unos actores en el espejo de los otros con quienes compiten, la imagen normativa del buen profesional, del líder político o del intelectual, refuerza dicha fe y les confirma la bondad del mundo que cierra su conducta como una realidad sancionada e incuestionable, ciega ante otros mundos. Lo podemos observar en las conversaciones y preguntas usuales, en un sinfín de pautas, términos, usos, claves comunes y estilo cognitivo, que legitiman inferencias automatizadas en la vida cotidiana y acogen, como matriz formadora, el flujo ordinario de las decisiones en el seno de esos grupos cuya interacción refuerza su propia microcultura lejos de la calle, en los vuelos y despachos a gran altura. En el seno de un tal ambiente microcultural se llega incluso a acallar las voces críticas. Sus graves consecuencias nos hacen ver que, dado el tamaño del mercado, no podemos relegar las claves microculturales como si solo fuesen variables exógenas en cualquier modelo explicativo.

Antes se dijo: “¡estúpido, es la Economía!”, pero ahora habría que matizar que se trata de la Economía real y no del traje financiero, se trata de la calidad de la vida y no de la cantidad del consumo –como nos recuerda Z. Bauman– de la verdad de lo que decimos y no de su apariencia formal. Y sobre todo se trata de lo que hacemos, de la voluntad, de poner manos a la obra, de intentarlo, de arriesgarse, de construir algo bueno y verdadero, de innovar invirtiendo en algo que satisfaga –no que cree– necesidades reales, lejos de la alquimia financiera (¿qué pasa con el grafeno, con las fotocopiadoras 3D, con las células-madre, con las energías renovables, con la agricultura ecológica, con la excelencia industrial, con los puestos de trabajo o con el amor al trabajo bien hecho? ¿dónde están los emprendedores que efectivamente se arriesguen a crear bienes y trabajo con todo eso?).

 No es fácil salir del propio mundo porque no reconocemos ese sutil límite hecho de costumbre que delimita la esfera del partido, de la profesión, del ambiente académico, de los despachos, juntas, consejos y reuniones y que acaba vistiendo nuestra desnudez con un traje de burbuja, como si cada cual fuese emperador de su propio pequeño mundo. Minusvaloramos en exceso la disparidad de estilos que cierran cada universo en su propia coherencia con la fuerza de una microcultura, pues en ella queda atada la experiencia por un estrecho impermeable de interacciones sociales muy concretas, limitadas y repetitivas en su ambiente. Buena parte del despilfarro proviene de ese cierre ensimismado de quienes cuentan como costumbre con un nivel económico que para su estilo de vida es absolutamente normal, bien sea en forma de consumo privado, de dietas por asistencia a consejos de empresas o de organismos públicos, por gastos protocolarios o de viaje considerados propios de la imagen social que sustentan, sin sopesar a cambio su rendimiento, su creación de riqueza o su aportación social.

Aun siendo tan sastres y cómplices, emperadores de mundos tan pequeños como los sordos hombres-masa que Ortega denunciaba en los años treinta, y nadie esté legitimado para arrojar la primera piedra, con todo, en algún momento se habrá de escuchar la voz de la inocencia que alerta de tan desnuda mentira. Solo alborea como esperanza el clamor de las clases subalternas y su indignación impotente ante la pornográfica exposición de tan injusta ceguera. Al menos no aplaudamos ante el strip-tease del emperador, sino el esfuerzo y riesgo de los innovadores.

 



[1]              Ortega y Gasset, J.1967 (1931): La rebelión de las masas. Barcelona, Círculo de Lectores, p. 133.

[2]              Ibid. p. 136.

[3]              Ibid. pp. 136-137.

[4]              Ibid. p. 242.

[5]              Ibid. p. 248.

 

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